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«Soy un cómplice de las piedras, las escucho y me dicen lo que son»: Hugo Zapata Hurtado

04/12/2024
Por: Natalia Piedrahita Tamayo. Periodista de la Dirección de Comunicaciones de la UdeA.

La obra del artista Hugo Zapata nace del encuentro con las rocas, materiales catalogados como inertes, pero que en su propuesta plástica aparecen vivos y con voz. A través de sus manos, la piedra se manifiesta, habla, revela un mensaje que estaba en su interior y que guarda claves sobre la historia geológica de la Tierra. La Alma Máter le entregó el Escudo de Oro Universidad de Antioquia para laurear su legado artístico, sus aportes al patrimonio cultural de la institución y la formación en artes en las universidades públicas.

Hugo Zapata durante la entrega del Escuro de Oro Universidad de Antioquia, el 27 de noviembre del 2024. Foto: Dirección de Comunicaciones/ Alejandra Uribe F.

La naturaleza habla y en la obra de Hugo Zapata toman fuerza sus voces y discursos. Desde que era muy joven, antes de comenzar sus estudios universitarios, ya buscaba rocas y cristales. En una experiencia en la que todos sus sentidos lo guiaban a través de ríos, montañas y bosques, terminaba escuchando el canto de alguna piedra que singularmente lo atraía y se entregaba a su encanto, hasta llegar a sacar de ella el color y la forma que es la materialidad de su obra. Hasta hoy ha trabajado con más de 800 piedras, la mayoría de ellas del municipio de Pacho, Cundinamarca, donde estableció un santuario para hallarlas.

Su trabajo ha sido expuesto y galardonado en bienales y muestras de varios países como Chile, España, Francia, México, Puerto Rico y Venezuela. Su legado es inspiración para artistas y arquitectos que encuentran en sus diálogos con la piedra un tema de exploración inagotable. En los espacios de la Universidad de Antioquia perviven siete de sus narraciones pétreas que son muestra de las variables plásticas y arquitectónicas que permite la piedra: Oriente (2015) y Testigos (2013), como parte del Museo Abierto; Escritura (35/150) (s.f.), Lulitas (s.f.), Huella (1995), Piedra tallada (2001), además de las esculturas Torso (2000), y S.t. (falo) (2001), que hacen parte de la colección del Museo Universitario —Muua—.

A propósito de la entrega, el pasado 27 de noviembre del 2024, del Escudo de Oro Universidad de Antioquia, hablamos con el artista.

¿Cómo recuerda su infancia?

Nací y viví en La Tebaida, Quindío, y luego, cuando tenía un año vine a vivir en Medellín porque mi papá era farmaceuta y por asuntos profesionales nos trajo a esta ciudad. Mi madre siempre nos acompañó en la casa, en lo doméstico. Éramos ocho hermanos, a mí siempre me gustaron las piedras.

¿Cómo fueron sus primeros acercamientos a la piedra?

Cuando estaba pequeño coleccionaba piedras del río Magdalena, a donde en familia íbamos muchas veces a pasear. Siempre estuve interesado en las piedras, mis primeros acercamientos a ellas fueron a través de la serigrafía.

Usted siempre ha sido cercano a la universidad pública, ¿cómo transcurrieron sus días en ella?

Estudiando en la Universidad de Antioquia me ofrecieron dar cátedras en la Universidad Nacional y empecé dictando un curso de extensión. Estudiando allí arquitectura, y a la vez en la UdeA, se nos ocurrió crear una carrera de artes, porque en esa época las carreras de arte que existían en Medellín eran muy retrasadas. Yo trabajaba mucho en escultura, lo cual fue un milagro porque la arquitectura tiene un alfabeto muy amplio y a mí las formas me dicen muchas cosas y a través de un lenguaje escultórico las voy transformando en su ritmo, peso, volumen o armonía.

Fundamos el programa con los artistas Javier Restrepo, Fabio Pareja, Saturnino Ramírez y otros. Nos abrieron campo en esta maravillosa Universidad —la Unal sede Medellín— y se inscribieron los primeros estudiantes y, luego, un año después de estar funcionando, aprobaron el currículo. Había un componente muy especial: el taller central, que pertenecía a los estudiantes. Yo les decía que al estudiante no hay que imponerle ideas, que el trae todo cuando llega a la academia, que simplemente había que dirigirlo y orientarlo, pero no imponerle ideas.

El taller central fue el eje de eso, las demás carreras nutrían el taller. La carrera de Artes fue una forma innovadora de impactar el panorama local, una contribución a actualizar los estudios nacionales de arte.

Pero usted ya venía trabajando con las piedras…

Ah sí, desde la primera vez que fui a Pacho, Cundinamarca.

¿Por qué le interesó tanto ese lugar?

Porque allá encontré las lutitas, piedras oxidadas por fuera y negras por dentro. Yo las trabajo y les saco el negro de su interior; las encuentro en estado rústico y les saco su negro y su óxido.

¿Qué tuvo que suceder para que llegara a tal hallazgo del color?

Llegué a Pacho con mi martillito, golpeaba las piedras, empecé a ver que por dentro eran diferentes: el óxido de afuera y el negro de adentro me dicen muchas cosas, hasta ahora he trabajado más o menos en 800 obras. La mayoría de mi trabajo ha sido con piedras, también realicé en hierro los seis pórticos del aeropuerto y otra obra llamada Naciente, de resto son piedras.

Usted dice que recorre «cañadas» y que las piedras lo llaman. ¿Cómo sucede esa alquimia, ese encuentro suyo con la piedra?

Es así: me voy por cañadas —rio arriba o río abajo— y las veo porque me llaman; las piedras tienen cierto decir, ellas me dicen cosas. Yo veo las geometrías y las empiezo a leer y así he llegado a cantidades de piedras que voy pensando. Cuando las encuentro, les digo: ‘hoy te tocó, querida’ y comienzo a trabajar. Ellas me dicen muchas cosas mientras las voy pensando y organizando, me generan las ideas. Es un proceso en el que solo estamos la piedra, el martillo y yo. El resultado es que la piedra genera la felicidad o la reflexión, esa forma feliz de la piedra es lo que yo saco para regalarle a los demás.

¿Tiene preferencias cromáticas?

Los óxidos de hierro, porque mis encuentros con ellos me dicen mucho.

La obra Oriente hace parte del la colección del Museo Abierto de la UdeA. Foto: Rodrigo Díaz 

¿Cómo sintetiza en palabras su arte?

Yo encuentro la piedra, comulgo con ella y de tal comunión sale la obra; es decir que somos dos para que se produzca una obra: la piedra y yo. Cuando uno mira una piedra, esta tiene ya formas y está marcada por ciertos elementos.

¿En este caso es la naturaleza a través de usted la que sigue hablando?

Todas las piedras tienen un hablar. Hay piedras tranquilas, otras dicen más cosas —traen ecos de río o de viento— lo que ella tiene por dentro y por fuera es lo que yo tomo, con lo que yo comulgo; ese hablar de la piedra me conmueve y me hace producir la forma.

Usted habla de un adentro, ¿cómo llega a ese adentro de la piedra?

A veces es muy rápido, otras veces se demora bastante. Me alivias roca viva cuando llamo a tu puerta, toc-toc, me respondes. Escucho tus secretos, te dejas al juego, descubro en tu oscura transparencia ecos de mariposas y reptiles; pisadas de garzas en el barro y hojas que te cubrieron en los inviernos inclementes.

Usted habla de las piedras como si fueran seres vivos…

Están vivas. La gente piensa que las piedras son muertas y estas van creciendo y se oxidan. Todo esto es vida intervenida. Yo las destapo y algunos pueden ver la vida que tienen.

Háblenos de la idea de la obra Oriente que está en la Ciudad Universitaria...

Se hicieron para ese lugar. Tienen una cara cortada que mira a donde sale el sol. Las miras y ves su brillo. Tengo también otras que brillan con el poniente, el Sol de la tarde.

¿Tiene piedras preferidas?

Sí. Tengo una esfera de cuarzo, la encontré donde cae el salto del Ángel, en Venezuela. Uno no puede llevarse nada de la Gran Sabana, pero yo me la encontré en una caminata muy significativa, entonces la traje.

Las piedras, además, están conectadas con el agua...

En el Río Negro encuentro la mayoría de las piedras con las que trabajo. La última vez que fui, fue hace seis meses, dejé a unos amigos que también aman la piedra, encargados. En muchas ocasiones es un trabajo que toma tiempo, son kilómetros y kilómetros para encontrar una sola.

El artista Hugo Zapata recibió el Escudo de Oro Universidad de Antioquia de manos del rector, John Jairo Arboleda Céspedes. La ceremonia de entrega se realizó en la Sala de Artes Performativas Teresita Gómez, el pasado 27 de noviembre del 2024. Foto: Dirección de Comunicaciones/ Alejandra Uribe F.

¿Tiene maestros del arte o arquitectura que lo inspiran?

Sí, claro. Algunos de ellos son Bernardo Salcedo, Eduardo Ramírez Villamizar, Carlos Rojas, todos ellos y otros me han aportado elementos valiosos.

Usted fue testigo de una época en la que las bienales traían nuevas cosas a Medellín, háblenos de esa época.

Realmente las bienales son las culpables de la carrera de Artes de la Universidad Nacional de Colombia sede Medellín. Me acuerdo mucho de una obra de Bernardo Salcedo que se llama 30 bultos de heno que era literalmente eso. Es decir que el arte más conceptual comenzó a llegar de varias maneras a nuestra ciudad. Las bienales nos nutrieron a todos, cambiando la forma de pensar, de apreciar lo que es el arte; aparecieron nuevas ideas, lo cual nos hizo cambiar la carrera de Artes y, con ello, aportar otras miradas del arte. Ha cambiado mucho el panorama… La gente está haciendo cosas muy interesantes, lo que no sabíamos hacer hace unos años ya es posible, ya lo hacen.

¿Tiene un lugar de creación?

Tengo un taller en la montaña de El Retiro, allá vivo y convivo con las piedras, les doy vuelta, las trajino y las muevo, hasta que me van sacando lo que tienen.

O lo va sacando usted de ellas…

Sí. Y ellas me sacan lo que tengo yo. Me enamoro de una piedra porque tiene algo que tengo yo. Trabajo buscando en ella algo que también tengo. Es como un espejo… yo recibo el regalo que ella me da y saco a relucir lo que ella guarda en su adentro. En la piedra está la historia larga y profunda de la Tierra.

¿Cuál de sus anécdotas con la piedra quiere contarnos?

En una época de mi vida iba mucho a Bahía Solano, allí tenía unos amigos nativos, entre los cuales había un brujo, este encontró una piedra y me la llevó y me fui enamorando de ella. Yo les dije y me dije: está tallada por manos de hombre, entonces la llevé a Geología de la Universidad Nacional y me dijeron que no, que eran marcas de otros elementos de la naturaleza. Fue mi primera escultura. Se llamó Estelas, está relacionada con las huellas y las memorias. Hay un detalle que me dice mucho de ella: estaba cerca al mar.

Su obra muestra una fuerte relación del agua y las piedras…

Claro, es que ellas ruedan toda una eternidad y se van puliendo y se van golpeando dándose forma. El agua las dibuja, las construye. Muchas piedras son intervenidas por el agua y esta les da una tersura o un tono. También el viento en los campos a algunas las ha soplado y con ello les ha imprimido su eco. Soy un cómplice de las piedras, las escucho y ellas me cuentan muchas cosas.

¿Qué significa para usted la Universidad de Antioquia?

Es la Alma Mater, lo más valioso de los centros educativos de Medellín. Su Facultad de Artes también ha aportado mucho al desarrollo del arte en Colombia, de una forma diferente a la carrera que nosotros fundamos en la Universidad Nacional de Medellín, que de todas maneras sirvió mucho.

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