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Academia Sociedad Gente UdeA

Relatoras del conflicto armado en Colombia

08/03/2022
Por: Natalia Piedrahita, Olimpo Restrepo y Johansson Cruz Lopera

En medio de confrontaciones y guerras, estas mujeres se han internado en el dolor de un país en el que el conflicto armado determina el rumbo de muchas familias. La libreta de notas, la cámara fotográfica y el libro son los depositarios de las historias de las comunidades con las que estas narradoras construyen pilares para la memoria. 

Fotos: Montaje de la Dirección de Comunicaciones, Universidad de Antioquia. 

A propósito del Día Internacional de la Mujer —8 de marzo—, el periódico Alma Mater resalta el papel de algunas egresadas de la UdeA que contribuyen a construir memoria sobre el conflicto colombiano desde su papel creativo, narrativo o investigativo. La fotógrafa Natalia Botero Duque, la investigadora Elsa Blair, las periodistas Patricia Nieto y Marta Ruiz y la artista Libia Posada hacen parte de este especial.

Cada una cuenta por qué se interesa en el conflicto colombiano y cómo se ha relacionado con este. Entre sus palabras femeninas, se entrevé cómo su labor creativa juega un papel importante en el entendimiento del contexto violento del país.

Libia Posada: anatomías/geografías del dolor

«Hago un ejercicio de camuflaje y contaminación de fotografías de colecciones de ciertos museos para cuestionar cómo estas instituciones representan a la mujer y evidenciar que la violencia de género es un asunto histórico y cultural».

Las confluencias de la medicina y el arte son el sustrato de la obra de la médica y artista Libia Posada —Medellín, 1959—, quien establece un diálogo plástico con el silencio y las memorias que engendró la guerra en Colombia. «Signos cardinales», «Pensar es un lujo», «Evidencia clínica» y «Materia gris o la inoperancia de la razón» son algunas de las instalaciones en las que ha abordado preguntas básicas sobre la vida, la muerte, el dolor y la transitoriedad, el pensamiento. A partir de una obra en la que desdibuja el demarcado límite entre la ciencia, el arte y las humanidades establece una reflexión sobre las raíces de los dolores humanos.

Ha trazado diferentes mapas de Colombia: de campos minados, de migraciones, de desplazamiento forzado; y, a partir de las preguntas al cuerpo y la enfermedad, ha desnudado la violencia que muchas mujeres padecen en Colombia. Como parte del ejercicio médico, las cicatrices y patologías son exploradas desde diferentes aristas en su obra.

Para esta artista, hay asuntos complejos con situaciones que se dan en colectivo y están conectadas con el cuerpo social, y que se evidencian en forma de enfermedad; a su vez, la violencia asociada al género se ve en la marca en el cuerpo de las mujeres pero se oculta en nuestras culturas. «En “Evidencia clínica” hago un ejercicio de camuflaje y contaminación de fotografías de colecciones de ciertos museos para cuestionar cómo estas instituciones representan a la mujer y evidenciar que la violencia de género es un asunto histórico y cultural», declaró Posada. 

Natalia Botero: leer el conflicto a través del lente

«Estoy buscando algo y, en esa búsqueda, encuentro sentido a partir del trabajo con las comunidades y, muy especialmente, con las mujeres. Ver el sufrimiento en la pérdida de un hijo o familiar me hace sentir como si fuera también la mía; ser mujer me ha dado empatía».

Desde que se internó en las sendas del periodismo y los derechos humanos, en la década de los 90, Natalia Botero Duque —1970— ha fotografiado diferentes memorias de los conflictos en Colombia. Frente a las escandalosas y frías cifras que ha dejado la guerra en los periódicos están sus imágenes, que aportan una mirada más íntima de aquellos que la han padecido y resistido en diferentes lugares del país. 

A partir de ejercicios relacionados con la exploración de álbumes familiares de los desaparecidos, Botero Duque ha propiciado un reencuentro con las historias de vida de las familias buscadoras, muchas veces mujeres. El fotoperiodismo le señaló la hostilidad de la inmediatez de los medios hacia las víctimas, a partir de su experiencia se ha dedicado a trabajar con las comunidades: «Estoy en ese mismo lugar de enunciación: soy mujer y madre cabeza de familia. También estoy buscando algo y, en esa búsqueda, le encuentro sentido a partir del trabajo con ellas. Ver el sufrimiento en la pérdida de un hijo o familiar me hace sentir como si fuera también mi pérdida; ser mujer me ha dado empatía», narró Botero Duque.

En páginas de periódicos como El Tiempo, El Colombiano y en la revista Semana quedaron algunos de sus testimonios de la guerra: sus fotografías son retazos de la desaparición forzada, la guerra de paramilitares y guerrillas, los procesos de desmovilización y los retratos de los desaparecidos y sus buscadores. Le ha sido difícil encontrar momentos de paz, pero ha sembrado esperanza a través de la docencia en la Universidad Pontificia Bolivariana, Eafit y la Universidad de Antioquia. Más recientemente se ha dedicado a trabajar con las comunidades en las que retrató el conflicto a partir de talleres que interpelan la memoria y siembran perspectivas de reconstrucción. 

Patricia Nieto: una marca de nacimiento 

«Me siento orgullosa de ejercer el periodismo que aprendí. Y el periodismo que aprendí de Juan José Hoyos y otros, que es ir al lugar, escuchar a la gente, leer, estudiar, armar un universo y contarlo. Eso que parece tan sencillo, cuesta años de ejercicio y de experiencias».

El 18 de octubre de 1998, mientras los demás periodistas salían del corregimiento de Machuca, en el municipio de Segovia, Antioquia, luego de registrar la masacre que el ELN había realizado al volar un oleoducto y de poner en el ojo de los colombianos este punto del mapa, Patricia Nieto (Sonsón, 1968) llegó con su libreta de apuntes y grabadora para acompañar a los familiares de las 84 víctimas que dejó este episodio de la violencia en el país. 

De regreso a Medellín, con sus notas, creyó que ese era el punto de inflexión para abandonar el tema del conflicto armado. Ya lo había sentido antes cuando, siendo practicante en el periódico El Mundo, la enviaron a la morgue de la ciudad para hacer un listado de los muertos que había dejado el carrobomba que estalló en la antigua plaza de toros La Macarena, el 16 de febrero de 1991. Ese día ve, por primera vez, un muerto. El cadáver de Luis Alfonso Agudelo. Ese día, inclusive, se replanteó el oficio de periodista. 

«Mi generación tenía una marca de nacimiento en el periodismo que era haberse hecho periodista en una universidad con tanta represión del Estado, donde el narcotráfico era protagónico en el país. Medellín era, entonces, una ciudad de bombas y atentados», afirmó Patricia.

Para esta cronista, tener una mirada femenina sobre los hechos ocurridos en el conflicto armado es muy importante porque está implícita una ética del cuidado y la  consideración por el otro, la solidaridad y «de una persistencia en uno mismo. Este oficio implica trabajar mucho, pensarse, casi que desbaratarse y reconstruirse cada vez que uno hace una reportería. Uno arma el mundo cada vez que escribe una crónica», afirmó. 

Marta Ruiz: un cambio obligado en la guerra

«A mí en particular, por mi historia, porque siempre había tenido mucho que ver con el conflicto, terminé en el periodismo. No es siquiera una decisión, es un desenlace».

A Marta Ruiz —Urrao, 1966— le correspondió una época en la que el conflicto armado lo fue todo en su vida, por eso no se pudo dedicar a hacer crónicas y reportajes sobre la cotidianidad, que era lo que más le atraía desde que empezó a estudiar Comunicación Social en la UdeA, a mediados de los 80. Una década más tarde, se metió de lleno en la investigación periodística sobre la guerra interna del país.

La confrontación armada la llevó a sacudirse del cubrimiento periodístico tradicional hasta entonces, en el que primaba la versión oficial —sobre todo la perspectiva judicial— y casi no se escuchaban a las otras partes ni a las víctimas, ni se tenían en cuenta otras perspectivas, como la política. Por eso, desde que eligió este camino, siempre tuvo la intención de que sus trabajos contribuyeran a dar una mirada diferente, a aportar al análisis del conflicto desde una construcción más amplia, más integral. Pero esto no significa que quiera justificar los hechos, simplemente intenta ponerlos dentro de un contexto para que se entiendan mejor.

Está convencida de que en la guerra y en sus narrativas tienen preponderancia las miradas masculinas machistas y considera que el hecho de ser una mujer que hace seguimiento a los conflictos armados aporta una perspectiva diferente, crea confianzas más sólidas con algunas fuentes en los lugares donde suceden las acciones.

Elsa Blair: una manera de distanciar la violencia

«Puede ser interesante producir mucho conocimiento, dentro de una élite académica, con un lenguaje especializado, que va a algunas revistas, a algunos lectores, no a la sociedad en general. Pero esto ha cambiado en los últimos años».

Dedicar casi toda su vida profesional al estudio del conflicto armado colombiano fue para Elsa Blair —Medellín, 1956— una estrategia para no tener que vivirlo directamente. Se dedicó a la investigación de este tema desde el Centro de Investigación y Educación Popular —Cinep—, en Bogotá, y luego en su casa, la UdeA, donde trabajó en el Instituto de Estudios Políticos y el Iner, y participó en la creación del Grupo de Investigación Cultura, Violencia y Territorio.

Aunque en su quehacer siempre tuvo contacto con determinadas poblaciones, considera que algunas de sus investigaciones, sobre todo las iniciales, no tuvieron un alto impacto dentro de la sociedad, y que fue su trabajo de los últimos años, antes de retirarse, el que la puso en contacto con varias comunidades afectadas directamente por el conflicto. Por eso, es crítica respecto a estos trabajos, pues cree que aunque aportan al conocimiento y hacen descubrimientos importantes, se quedan muchas veces en un lenguaje académico especializado que solo llega a algunos círculos muy reducidos.

Fruto de ese trabajo son los cuatro libros —Un itinerario de investigación sobre la violencia (2012), Muertes violentas: la teatralización del exceso (2005), Conflicto armado y militares en Colombia. Cultos, símbolos e imaginarios (1999) y Las Fuerzas Armadas: una mirada civil (1993)— que ha publicado, así como los numerosos artículos escritos en revistas especializadas, tanto de Colombia como del exterior. En ellos queda plasmada la mirada no solo de una académica más, sino la de una mujer investigadora sobre el conflicto y los militares, algo poco común en la década de los años 80, cuando empezó en esta tarea. Y era raro no solo porque eran pocas las mujeres que abordaban este tema desde diferentes disciplinas, sino también porque —estima Blair— la sensibilidad femenina permitió introducir elementos diferenciadores, más humanos, menos racionales, en los estudios sobre la violencia.

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