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Amor a la carta: cómo las apps nos alejan en lugar de unirnos

31/03/2025
Por: Luis Jerónimo Echeverry García. Estudiante del pregrado en Ciencia Política de la UdeA.

«En un mundo donde las conexiones humanas se han vuelto transables, la verdadera resistencia podría estar en recuperar lo que estas plataformas nos han arrebatado: la espontaneidad, la profundidad y la posibilidad de construir relaciones que no dependan de un algoritmo. Después de todo, si el amor no puede reducirse a una ecuación matemática, ¿por qué seguimos buscándolo dentro de una».

Vivimos tiempos extraños para ser humanos. Después de más de cien mil años de existencia, en menos de un siglo pasamos de enviar cartas por telégrafo a estar conectados con prácticamente toda la humanidad, en un solo segundo y gracias a los dispositivos con los que convivimos diariamente. La tecnología ha cambiado completamente nuestra forma de vivir y de relacionarnos entre nosotros, reduciendo de tal manera el tiempo y la distancia que los volvió prácticamente irrelevantes. El conocimiento acumulado a lo largo de la historia, el entretenimiento, el cine e incluso la canasta familiar están ahora a solo un clic de distancia. Vivimos en una era de inmediatez, donde todo es accesible y muchas veces, banal.

Bajo esta lógica de consumo inmediato y liberador de dopamina, surgieron las aplicaciones de citas tales como Tinder, Bumble o Litmatch, prometiendo traer el amor a la carta y hacerlo tan eficiente como pedir comida a domicilio. Gracias a su casi interminable catálogo de personas, un simple gesto de deslizar a la derecha si nos gusta y a la izquierda si no, y con suerte conseguir el anhelado «match» con el cual nacería la llama del amor. En teoría, estas apps deberían de facilitar el encuentro entre almas afines; en la práctica, han convertido el amor en un mercado y la búsqueda de pareja en una experiencia frustrante y desgastante.

Sin embargo, el problema de estas aplicaciones no es solo que reduzcan la búsqueda del amor a un algoritmo, sino que pensándolo desde el mercado estas están diseñadas para que este amor nunca sea encontrado. Al contrario de lo que prometen, no son plataformas con un interés altruista pensadas para ayudar a sus usuarios a salir del mercado de citas y hallar el amor, sino para mantenerlos atrapados en un ciclo interminable de expectativas y decepciones como si fueran una especie de Sísifo digital. 

Y es que Tinder y sus competidores funcionan con un modelo de negocio que se mantiene y genera ganancias gracias a la constante insatisfacción de sus usuarios. Su rentabilidad no depende de que encuentren pareja y desinstalen la aplicación, sino de que sigan deslizando, pegados a la pantalla acumulando más y más matches que rara vez se convierten en conexiones reales, sino que la mayoría terminan con una de las partes abandonando cualquier intento de conversación. Para lograr este enganche en sus usuarios, estas plataformas usan estrategias de manipulación similares a las de casinos en línea: limitación de likes diarios en la versión gratuita para generar ansiedad y presión por usarlos estratégicamente, el ocultar a las personas que les han dado like bajo un muro de pago, y algoritmos que premian el consumo constante, castigando a quienes pasan demasiado tiempo sin usar la app o no pagan por funciones premium.

Estos modelos no solo moldean la manera en que las personas buscan pareja, sino que también acaba transformando la forma en que es percibido el amor y las relaciones. Como señala Paola Bonavitta (2015), Tinder y otras aplicaciones de citas no han destruido el amor, sino que lo han reconfigurado en una lógica del consumo inmediato, donde las relaciones son tan efímeras como los productos en una sociedad de mercado. Lo que antes se basaba en el encuentro fortuito y la construcción progresiva de vínculos, ahora se reduce a una transacción rápida, una experiencia fugaz que, al no satisfacer del todo, empuja a los usuarios a seguir deslizando en busca de algo mejor como explicaba Bauman con su definición del amor líquido de una relación fugaz y frágil que desaparece en el tiempo.

Este amor líquido termina por generar una fatiga cada vez mayor de estas aplicaciones en las personas, y es que estas aplicaciones al final nos terminan reduciendo a un simple trozo de carne el cual tranzar en este mercado del romance. Lo que nos termina por llevar al llamado «dating app burnout», un fenómeno caracterizado por una insatisfacción constante y una fatiga emocional que termina siendo peor que la misma soledad por la cual descargaron la aplicación en primer lugar.

Este desgaste emocional y la cosificación del cuerpo no son simples efectos secundarios de estas aplicaciones, sino que son consecuencias inevitables dentro de su propio diseño de ventas y su concepción dentro de este mundo de consumo. En un mercado donde siempre hay alguien más a un solo deslizamiento, las conexiones pierden valor y las personas se vuelven intercambiables. El amor, que alguna vez fue visto como un vínculo en la profundidad y la construcción mutua, se ha terminado por ver transformado en una experiencia efímera, regida por la inmediatez, el miedo al rechazo y la constante sensación de que siempre hay algo mejor esperando. No es casualidad que cada vez más personas abandonen estas plataformas, frustradas por este ciclo que les promete el tan ansiado amor, pero solo termina por entregar desgaste y golpes emocionales al amor propio.

Tal vez la solución no esté en la próxima aplicación de citas que promete revolucionar el mercado ni en buscar cómo mejorar nuestros perfiles con mejores fotos o las descripciones más atractivas. Puede que el problema no sea como tal la tecnología que tantas alegrías nos ha dado, sino el cómo nos estamos relacionando dentro de ella. Y es que en un mundo donde las conexiones humanas se han vuelto transables, la verdadera resistencia podría estar en recuperar lo que estas plataformas nos han arrebatado: la espontaneidad, la profundidad y la posibilidad de construir relaciones que no dependan de un algoritmo. Después de todo, si el amor no puede reducirse a una ecuación matemática, ¿por qué seguimos buscándolo dentro de una?
 

 


Notas:

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