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Un antes y un posible después de la pandemia

24/03/2020
Por: Julio González Z., profesor Facultad de Derecho y Ciencias Políticas UdeA

«..Indudablemente la pandemia es una gran amenaza, pero los peores riesgos nacen de unos sistemas de salud tan precarios para dar respuesta a este desafío: nos harán falta personal sanitario, espacios hospitalarios, insumos médicos, instrumental quirúrgico. Los médicos se verán ante dilemas éticos sumamente dramáticos: a quién salvar y a quién dejar morir...»

La imagen que creo que mejor retrata la actual situación son aquellas palabras que escribió Foucault al final de las palabras y las cosas: “… entonces podría apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena”.

Obviamente no estamos hablando del hombre desde un punto de vista meramente biológico. Las muertes seguramente serán muchas, pero por ahora no parece que la especie humana esté en peligro. Pero la imagen del hombre y la sociedad a la que hemos creído pertenecer, seguramente terminarán muy maltrechas.

El detonante es la epidemia del coronavirus, que ha creado una situación similar a las que ya con anterioridad habían planteado otras calamidades de grandes alcances como la peste negra hace varios siglos; en el siglo XX la gripa española y las dos guerras mundiales y probablemente el surgimiento del SIDA en los años ochenta. 

Inclusive es probable, de acuerdo con los cálculos de los expertos, que en este caso las mortalidades no sean tan numerosas como en esos casos, pero me temo que la sociedad que sobreviva sea más radicalmente transformada que lo que fueron las que en su momento padecieron esos fenómenos.

Y esto obedece a muchas razones, de las cuales quisiera mencionar apenas unas pocas que alcanzo a vislumbrar, porque el fenómeno es tan complejo que se requiere del concurso de muchas personas, y seguramente, de casi todas las disciplinas científicas y técnicas para poder comprender adecuadamente lo que está pasando.

  1. Que un fenómeno como el que esté pasando se pueda vivir casi en vivo y en directo en el mundo entero, no puede ser entendido sino por el amplio alcance que ha tenido la circulación de información en las últimas décadas. La información que tenían los contemporáneos de las tragedias anteriormente mencionadas, fue mucho más lenta y dosificada porque generalmente provenía de los gobiernos y se canalizaba a través de los medios de comunicaciones tradicionales, especialmente la radio. La televisión, por ejemplo, no transmitió la segunda guerra mundial. La gente se informaba por la radio y los boletines oficiales, básicamente. Aparte de los profesionales de la historia, gran parte de ella la conocemos por las memorias, los diarios y los testimonios de sus víctimas y protagonistas.

Hoy en cambio, las fuentes son múltiples y en algunos casos, las informaciones oficiales son puestas en duda. Hay expertos mucho más sensatos que los voceros oficiales en muchos casos;  pero, también hay muchos charlatanes propalando infundios, inventando conspiraciones y  creando más angustia de la que sería deseable.

  1. Posiblemente sean esos nuevos canales de transmisión de la información los llamados a crear a partir de ahora, una nueva sociedad. Sí el teletrabajo había sido cuestionado hace algunos años, como una forma muy problemática de relación entre la gente, hoy ya aparece como la única salida para la coyuntura. Reg Whitaker en El fin de la privacidad, había llamado la atención sobre los riesgos del internet y otras modalidades de comunicación para la privacidad de los individuos y de algunas formas de organizaciones sociales.

    Concretamente, señaló que las empresas tendrían a sus trabajadores dispersos y en muchos casos la instalación y sostenimiento de sus “puestos de trabajo” correrían por su cuenta ellos,  con gran ahorro para los empleadores; que las posibilidades de las organizaciones colectivas se reducirían considerablemente y que instituciones como las universidades pasarían muy rápidamente a tener clientes en lugar de estudiantes y proveedores de información, en lugar de profesores.  Esto ya hoy en día no es una amenaza distante sino una realidad que estamos construyendo afanosamente, como una forma de paliar la emergencia.
     
  2. Otro aspecto importante que vale la pena meditar, es que, si la segunda guerra mundial trajo, entre algunas de sus consecuencias, el surgimiento de la URSS como gran potencia mundial y como reacción, ante su capacidad seductora para los trabajadores, -por lo menos en los países del llamado del primer mundo-, los llamados estados sociales de derecho, y eso supuso un relativo bienestar e igualdad social, esos modelos se quebraron con el neoliberalismo y la disolución de la URSS. 

    De esos ideales de igualdad ya queda muy poco y la riqueza del mundo se ha concentrado en cada vez menos manos.  Lo que hoy se visualiza, en primera instancia, es que esta crisis, por lo menos ahora, no hará sino profundizar las desigualdades. Seguramente todavía no son la mayoría los que pueden acceder al teletrabajo (este podrá distribuir información, pero no producir bienes materiales de consumo y estos necesariamente tendrán que seguirse produciéndose), y en nuestro país particularmente, mucha gente deriva su sustento del contacto directo con los demás y por lo tanto serán terriblemente afectados. Y esto sin contar que el mundo del internet no es accesible a gran parte de la población.
     
  3. Paradójicamente se nos dice que es el momento de la solidaridad, pero una solidaridad absolutamente individualista. Sólo nos podemos salvar alejándonos de los otros. Por el momento eso es comprensible. Pero la pregunta sería: ¿en un momento postpandemia, se reestablecerán esos lazos sociales, o hasta cuando la sospecha de que el otro me podrá infectar, perdurará?
     
  4. Una última reflexión desde el campo específico del control social. Es sabido todo lo que les debe la prisión a los modelos de control social instaurados para controlar la locura, la lepra y la peste. Sin embargo, hoy, ante los “insumisos” que resisten las medidas de control, volvemos a pensar en la cárcel.  Es probablemente la prueba más dolorosa de que, si hacemos esfuerzos (y los tenemos que hacer) para acomodarnos a las nuevas realidades, no somos capaces de zafarnos de ese anacronismo que nos ha llevado a tantos dolores para controlar a los “otros”: los locos, los contagiados, los rebeldes, los diferentes.

Indudablemente la pandemia es una gran amenaza, pero los peores riesgos nacen de unos sistemas de salud tan precarios para dar respuesta a este desafío: nos harán falta personal sanitario, espacios hospitalarios, insumos médicos, instrumental quirúrgico. Los médicos se verán ante dilemas éticos sumamente dramáticos: a quién salvar y a quién dejar morir.

Una decisión política que tendrá que tomar los “técnicos de la salud”, teniendo como juez su consciencia y las limitaciones del sistema de salud. Probablemente esto nos haga recapacitar: pedir un sistema de salud universal y adecuado no son reclamos de comunistas desfasados sino un recurso indispensable para que la sociedad pueda hacer frente a sus peores desafíos. El reto que plantea el coronavirus es abrumador, pero no podemos estar seguros de que sea el último. De ahí la necesidad de que tengamos la humildad de aprender esta lección tan dolorosa.

Medellín, marzo 20 de 2020


Nota

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