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Sobre la consciencia de la fragilidad humana

10/08/2020
Por: Antonio Hoyos Chaverra, profesor Departamento de Ingeniería Industrial UdeA

«... esta cierta consciencia de vulnerabilidad, colectiva y pesimista, que en un principio asusta y enoja, también se presenta como puerta de cambio, oportuna y cercana, hacia la necesidad de una vida más serena y con propósito;...»

La situación actual resultado de la pandemia del coronavirus, que nos obliga a mantener un estricto aislamiento preventivo, se presenta como un desafío sin precedentes en la historia reciente de la humanidad; dejando al descubierto no sólo nuestra fragilidad como especie, si no, lo precario que hay en la fe ciega en el progreso técnico, que nos ha llevado a considerar la posibilidad de continuar con el desbordado modo de vida que llevamos, a pesar de los llamados que por décadas se han hecho, para encontrar otras formas de producción y vida más conscientes y sostenibles.

Desde el punto de vista individual, no son pocos los retos cotidianos: la proximidad con el otro, sin duda añorada, es tóxica; los espacios donde otrora transcurría la vida, ahora se encuentran clausurados; la satisfacción de las necesidades básicas se ha dificultado en extremo; y la desconfianza de manera casi literal, se respira en el aire. De tal suerte, que el animal social que somos, cada vez se relaciona menos y de menos formas con los otros.

Como sociedad las tensiones derivadas o exacerbadas por la Covid-19 son todavía mayores. Visiones encontradas sobre la pertinencia de las políticas de aislamiento preventivo, el miedo irracional, la poca confianza en las instituciones y una disposición cada vez menor al cuidado de sí mismo y de los otros; se toman la opinión pública, a causa entre otras motivaciones, de las reales y difíciles condiciones económicas que ha impuesto de facto el aislamiento; la precariedad del sistema de salud, lo atractivo que existe en las teorías conspirativas y el negacionismo científico, y el poco interés que en general parece suscitar el bienestar ajeno.

Así, lo anterior hace evidente, no solo nuestra fragilidad física manifestada en la posibilidad de adquirir una enfermedad con desenlace mortal, sino como diría Bauman, también las otras dos facetas que componen la fragilidad humana, a saber, la fragilidad mental evidenciada en nuestra capacidad limitada para entender la nueva realidad; y nuestra fragilidad moral, presente en todos los momentos en los que nos permitimos actos que censuraríamos sin pensar si fueran cometidos por los demás.

De esta forma, frágiles y temerosos, a la vez que vivimos intensos debates públicos entre falsos dilemas: economía o cuidado de la vida, cuidado de los mayores y vulnerables o el desarrollo de las nuevas generaciones, bienestar personal o bienestar colectivo, entre otros; nos encontramos con la aberrante y privada escena frente al espejo, de los más íntimos reproches y las promesas personales no cumplidas, que nos recuerdan la búsqueda incesante de sentido que se olvida por los afanes cotidianos.

Más lo interesante del asunto, lo esperanzador si se quiere, es que esta cierta consciencia de vulnerabilidad, colectiva y pesimista, que en un principio asusta y enoja, también se presenta como puerta de cambio, oportuna y cercana, hacia la necesidad de una vida más serena y con propósito; lo que permite convertir la incomodidad y confusión, en acciones para mejores futuros (imperfectos por supuesto), más amables, prósperos y cercanos.

En este punto, vale la pena recordar la enseñanza de Zuleta, en su elogio a la dificultad: esencialmente deseamos mal, en vez de soñar con una vida llena de retos y pruebas que superar; buscamos el regreso al huevo original, a una inmensa salacuna de tranquilidad; paraíso, como bien diría él y para nuestro bien, afortunadamente inexistente. Es así, como este doloroso shock se ofrece también para aprender a construir una mejor humanidad, oportunidad que sin duda debemos aprovechar.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

 

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