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05/10/2018
Por: Juan Diego Restrepo Toro- Periodista

El trasteo desde el centro de Medellín hacia el Campus se hizo progresivamente entre 1968 y 1971. La llegada de estudiantes y profesores trasformó para siempre el entorno.

Construcción del Museo Universitario. Foto: MUUA, Colección de Historia. Fondo Graciliano Arcila.

«En este lote solo había pantanos y tomateras». El recuerdo es de Bernarda Trujillo, de 93 años de edad. Bernardita —como la llama el afecto— es jubilada de la Universidad y, como pocos, ha sido testigo de la transformación del Campus: ella y su familia vivían en la avenida Juan del Corral, cerca del terreno donde en 1966 comenzó la construcción.

Los primeros edificios, entregados en 1968, fueron los del sur de la Ciudadela, esa herradura que se forma entre los bloques 4 y 12. No hubo una fecha exacta de inauguración. Mientras la mitad del Campus estaba lista, la otra seguía en construcción. 

«Por donde deambularas, en esta misma plazoleta —recuerda Jaime Nieto desde una de las jardineras de la Plazoleta Barrientos—, el espacio estaba lleno de adobes, arena, tejas de barro, piedra, cascajo, gravilla y varillas». 

Nieto, un lustrabotas que se instaló en el Campus desde la apertura, recuerda que para algunos la nueva sede universitaria resultaba lejana del centro y, en cambio, molestamente cercana al botadero de basura de Moravia y a famosos burdeles ubicados en barrios vecinos. 

Desde su fundación, en 1803, la Universidad había funcionado en edificios del centro como San Ignacio, la —hoy antigua— Escuela de Derecho y otros como el del Instituto de Estudios Generales, un conjunto de casas y caserones donde antes funcionó la Cárcel de Mujeres y ahora las Torres de Bomboná.

Por eso, a medida que iba terminando la construcción de los bloques del nuevo Campus, se fueron trasladando los estudiantes, profesores y empleados. Si bien el mobiliario fue trasladado por la Universidad, los bienes personales fueron responsabilidad de cada profesor y empleado. 

Para la construcción del Campus se negociaron aproximadamente 314.843 m2 con el Municipio de Medellín. La escritura fue firmada en junio de 1965. Un año después de esa firma empezó la construcción. Primero llegaron los ingenieros que estudiaron los suelos, un terreno enlagunado al que tuvieron que hacerle un relleno y adaptarlo. Con ellos vino el grupo de arquitectos: Juan José Posada, Raúl Fajardo, Ariel Escobar, Augusto González y Édgar Isaza.

Isaza, el más joven del grupo, recuerda que Vélez los «tallaba» para no gastar más de lo debido. «El resultado fue una obra limpia y funcional», expresa el arquitecto, quien durante la construcción compartió con los maestros Pedro Nel Gómez y Rodrigo Arenas Betancur, cuyas obras permanecen en el Campus. 

La llegada de estudiantes y profesores trasformó el entorno. Los vecinos de los barrios El Chagualo y Sevilla comenzaron a vender café, empanadas, bebidas, cuadernos y lápices, cosas que no se conseguían dentro del Campus. En aquel entonces, Barranquilla no era una calle significativa. Jaime Nieto recuerda que en las mañanas se escuchaba, a lo lejos, el sonido que hacía el ferry en su marcha por la vía que antes era del Ferrocarril de Antioquia. 

En mayo de 1968 se inauguró la primera Bienal Iberoamericana de Pintura en el Campus y en febrero de 1969, el presidente de la República, Carlos Lleras Restrepo, visitó las obras y se comprometió a ayudar con la financiación. Esto sirvió para terminar bloques como el 10, que había quedado suspendido después de hacer las bases y el armazón. La malla del perímetro fue puesta en 1971, cuando se concluyeron, en su mayoría, los trabajos de construcción. 

Cinco décadas después, Jaime Nieto reivindica la que ha sido su segunda casa: que mucha gente no creía que construir este Campus fuera buena idea, dice; que, incrédulos, se burlaron de don Ignacio Vélez, dice; «que era imposible hacerlo, pero él insistió y vea lo que dejó».

 

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