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A propósito del incendio de Notre Dame

17/04/2019
Por: Carlos Arturo Fernández Uribe, profesor Facultad de Artes, UdeA

« ... Casi siempre es más fácil reflexionar acerca de las adversidades que de las horas felices que, por lo general, atravesamos en una especie de tranquilidad inconsciente, como si nos hiciéramos la ilusión de que durarán indefinidamente...» 

En cambio, la tragedia, la destrucción y la muerte nos golpean y nos obligan a pensar: «Hay golpes en la vida tan fuertes... ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios [...] Y el hombre... pobre... ¡pobre! vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada [...]», escribía en "Los heraldos negros" el poeta César Vallejo. Entonces nos preguntamos cómo es posible que haya podido pasar, por qué no sabíamos, cómo se explica que no estuviéramos preparados.

Lo mismo ocurre ante las creaciones de la cultura y del arte. Creemos que siempre «estarán ahí» y que son una propiedad intangible pero innegable. De alguna manera son parte de una realidad que consideramos esencial y, así, vivimos en su compañía plácidamente.

Imposible imaginar el mundo griego sin el Partenón, el Renacimiento sin la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, o Colombia sin Cien años de soledad, sin Cano, Pedro Nel o Botero. Y, entonces, para bien o para mal, compartimos con esas obras la existencia, sin pensar que podrían llegar a faltar y sin caer en la cuenta de que todos los bienes culturales son realidades extremadamente frágiles. 

Lo más importante que ocurre en estos días a raíz del trágico incendio de la Catedral de Notre Dame de París es, quizá, que nos obliga a pensar. Un golpe que tal vez nadie imaginaba y que pone en evidencia, una vez más, la fragilidad del patrimonio cultural y de los bienes históricos.

Se piensa con frecuencia que uno de los grandes logros de la modernidad de los dos últimos siglos fue, justamente, haber entendido el valor cultural de los monumentos y haber puesto en marcha los mecanismos para su preservación. Pero el peligro es siempre inminente y la destrucción intencional nunca está descartada.

Hace apenas unos meses se quemó totalmente el viejo Palacio Real de Río de Janeiro y en esa tragedia se perdió  todo el Museo Nacional del Brasil que allí se alojaba. Y antes fueron el Teatro La Fenice de Venecia, el Palacio de Windsor, los Budas de Afganistán, la Biblioteca Nacional de Sarajevo, la Biblioteca de Tombuctú, casi toda salvada heroicamente, la gran inundación de Florencia y un etcétera demasiado largo.

De todas maneras, el incendio de Norte Dame generó una conmoción de dimensiones mundiales que no puede explicarse solo porque se trate de una ciudad que es centro de poder, o por el carácter religioso del edificio, o por sus valores artísticos, aunque seguramente todo lo anterior sea cierto.

El golpe ha hecho patente que el patrimonio artístico y cultural no se identifica con un conjunto de meras cosas sino que es un componente constitutivo de nuestra humanidad, manifestación de nuestra existencia en un mundo que intentamos conocer y habitar como seres humanos, dignos y en comunidad. Ocurrió que se quemaba algo que nos pertenece a todos de manera esencial, un capítulo privilegiado de la historia humana. Dolorosamente, hemos comprobado que asuntos muy importantes para todos  están siempre en grave peligro.

Aunque pocas veces lo pensemos, tenemos apenas unos escasos restos de realidades que fueron mucho más ricas y complejas que, frecuentemente por inconsciencia o por descuido, hemos contribuido a destruir.  

Por supuesto, no somos responsables de que nos falte toda la pintura de la Antigua Grecia (solo tenemos la que se hacía sobre cerámica), casi toda la gran escultura en bronce y casi todas las tragedias; y la lista de destrucciones podría continuar con todas las épocas y todas las culturas. Pero como sociedad sí hemos sido responsables de que nuestro propio patrimonio cultural desaparezca ante la indiferencia colectiva.

Medellín dejó que se destruyera su centro histórico (y continúa haciéndolo en otros sectores) porque era más rentable un nuevo uso del suelo y, así, renunciamos al pasado e hipotecamos la cultura por un ilusorio futuro. Lo que vivimos en la segunda mitad del siglo pasado fue, en buena medida, una consecuencia de no saber quiénes éramos porque habíamos decidido borrarlo para obtener mayores ganancias.

Nos quejamos, con justa razón, de los poderes hegemónicos que desde el llamado primer mundo quieren imponernos sus patrones culturales; pero durante demasiado tiempo les hemos seguido el juego menospreciando nuestro propio patrimonio cultural al considerarlo menos valioso y menos digno de conservación.

El patrimonio cultural es frágil y resulta difícil protegerlo ante tragedias y catástrofes que se salen de todo control. Pero es responsabilidad de toda sociedad el cuidado cotidiano y el respeto de los bienes culturales y artísticos de su entorno, entre otras razones porque no son propiedad suya sino de toda la humanidad. El peligro inminente al que está enfrentado Chiribiquete debería ser ya un tema de interés nacional, antes de que las llamas y la deforestación ilegal destruyan ese ecosistema natural y cultural.

Y la necesidad del cuidado vale también para la Universidad de Antioquia. Es inadmisible que se vandalicen obras como el mural de Pedro Nel Gómez en la Biblioteca Central, la escultura de Eduardo Ramírez Villamizar junto a la cancha de fútbol de Ciudad Universitaria y la de Ronny Vayda entre el Museo Universitario y la Facultad de Artes. Y es todavía peor que ello se considere como inevitable y natural con el argumento de que estamos en una universidad pública.

En una comunidad que se define a partir del diálogo, la agresión que se hace a esas obras les impide decir su palabra y las destruye como obra de arte. Por desgracia,  parece que nos hemos habituado a ello. Pero son incendios pequeños y cercanos que, lo mismo que los grandes e incontrolables, destruyen los valores de un patrimonio cultural que pertenece a toda la sociedad.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

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