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Cultura

La chica del circo, nuevo proyecto de César Arbeláez

15/11/2020
Por: Yénifer Aristizábal Grajales- Periodista

Carlos César Arbeláez, director de Los colores de la montaña, recibió recientemente el Premio Nacional de Literatura Universidad de Antioquia por el guion cinematográfico La chica del circo. El egresado de la Alma Máter aborda de nuevo la complejidad del conflicto armado colombiano, esta vez a partir del drama de la desaparición forzada.


Carlos César Arbeláez, de 53 años, ha obtenido importantes premios en el circuito internacional de festivales. Fue el primer colombiano en recibir el Premio Kutxa-Nuevos Directores del Festival de San Sebastián. Foto: archivo personal.

En los últimos meses la vida creativa de Carlos César Arbeláez galopa sobre una montaña rusa. Una semana después de recibir un nuevo «no» en la búsqueda de financiación para su próxima película, La chica del circo, el director de cine recibió por el mismo proyecto uno de los premios más importantes en el ámbito cultural en el país; el estímulo viene de la Universidad de Antioquia, donde se formó académicamente para dedicarse al cine documental y de ficción.

La propuesta de Arbeláez fue reconocida como un guion de escritura madura, sencilla y natural «que atraviesa la entraña y el alma», según el jurado del 38º Premio Nacional de Literatura Universidad de Antioquia, integrado por los directores Víctor Gaviria e Iria Gómez Concheiro, y la investigadora Ana María Vallejo de la Ossa.

Alma Mater conversó sobre este reconocimiento con el director antioqueño y egresado de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Antioquia, sobre su visión de la actualidad nacional sacudida por la violencia —un tema recurrente en su filmografía–, la soledad del encierro provocado por la pandemia y sobre su constante escepticismo.

¿Cuál es la propuesta cinematográfica detrás de esta nueva historia, La chica del circo?

Es una road movie, o una película de carretera. Una chica de circo y su hijo buscan a su esposo y padre desaparecido durante un acto de magia. Es un recorrido por la región del Magdalena Medio hasta Puerto Berrío, donde casi que nací y me crie. Y es también un homenaje a una anécdota un poco triste de mi familia, que fue la muerte de mi abuelo en 1952, durante la violencia partidista. Es un homenaje a mi abuelo y a mi niñez que transcurrió en Puerto Berrío, Antioquia.

Actualmente 80 000 familias colombianas viven el flagelo de la desaparición forzada, según cifras oficiales. ¿Cómo se narra ese drama en su historia?

Es la historia de Álex —un mago del circo— que es buscado por Eloísa y su hijo Kevin, quienes no entienden por qué desapareció y quieren saber la verdad. En mi primera película, Los colores de la montaña, hablaba por seis millones de desplazados, que se fueron volviendo simplemente cifras. La gente va olvidando ese drama y si hoy te dicen 80 000 o 120 000 desaparecidos en Colombia, eso no te conmueve más ni menos, pero si muestras desde la humanidad de los personajes uno solo de esos dramas, entiendes su magnitud. Lo que busca el cine es una verdad de los personajes; a través de ese drama secreto o particular, la gente podrá entender lo que ocurre con la desaparición. Aunque, de todas maneras, no creo que la denuncia sea la función última de un artista, o de un cineasta, sino más bien contar una historia, producir una emoción, buscar una humanidad en los personajes, y es un plus si, además, una película puede cumplir una función social, como en este caso.

En Los colores de la montaña los niños tuvieron protagonismo, un rasgo que planteó una cierta dicotomía entre inocencia y realidad ¿Este guion recurre nuevamente a estos personajes?

Realmente es el punto de vista de Eloísa, pero también se alterna con el punto de vista del niño. Las mujeres y los niños han sido las mayores víctimas de esta situación social de violencia. Aquí hay una alternancia entre el punto de vista de la mamá y el hijo, y creo que eso le da una frescura al guion, a la historia… Es un personaje entrañable. Para un cineasta hay algo muy importante y es encontrar la poesía en las imágenes, en el relato… Si los niños son bien dirigidos y verosímiles, esa es la ganancia. Trabajar con niños es difícil, pero aportan al relato una poesía casi que inmediata.

Usted aborda el conflicto armado; pero la desesperanza, la soledad, la lucha humana de los personajes y su fuerza también están allí… Esos elementos han caracterizado este 2020. ¿Cómo ve esas «epidemias» mentales y emocionales en medio de esta pandemia por la covid-19?

Nos hemos dado cuenta de que, en Colombia y todo el mundo, hay mucha marginalidad demasiada pobreza que creíamos superada. Nos
hemos dado cuenta de que seguimos en una precariedad muy grande. Es bueno tratar esta marginalidad sin que sea de una manera panfletaria
sino desde la realidad y la verosimilitud, pero también intentando encontrar la poesía en eso que le puede dar universalidad al relato, sin maquillarla y sin manipulaciones.

Es notable un pesimismo social en sus palabras…

Los artistas siempre somos escépticos. Basta con ver la realidad para darnos cuenta de que es muy difícil ser optimista. A los cineastas colombianos nos han criticado porque mostramos lo malo del país, nos dicen que nunca hacemos películas sobre las cosas buenas o tan bonitas que tiene Colombia. Pero pienso que esa no es la función de un artista, creo que a un artista le basta dar un paseo por Colombia, por su ciudad, para ser escéptico y ver lo que nos está pasando. El escepticismo es lo bonito, me parece a mí; pero no es una cosa programada es la realidad.

¿Qué sigue ahora para el guion de La chica del circo?

Es una película compleja de producir porque la historia empieza en Medellín, va por Puerto Nare y luego por el río Magdalena hasta Puerto Berrío. Es como un pequeño circo itinerante. Hay que conseguir mucho dinero para hacerla. Creo que el presupuesto está como en 1600 millones de pesos colombianos, que no es mucho para una película, pero sí para Colombia. La carrera de cineasta es dificilísima, como la de cualquier artista, pero al cineasta se le va casi todo el tiempo buscando la plata para hacer una película y el tiempo que le dedica a la creación es poco. Cualquier cineasta
en el mundo independiente le toca difícil, no solo a los colombianos, pero como estos son países pobres no hay mucha plata para la cultura, y eso que el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico ha hecho una labor muy importante, hasta hace dos años estaban estrenando 42 largometrajes en Colombia, lo que quiere decir que veníamos como en una época dorada del cine colombiano; ahora, con esta pandemia, no sé qué irá a pasar.

¿Hay alguna fecha tentativa para empezar a producir la película?

No, no hay ninguna fecha tentativa. Me tiene muy contento que el guion ya está muy maduro y ahora hay que dedicarle toda la fuerza a la producción. Pero en las actuales circunstancias, no sé qué tan fácil vaya a ser, aunque claro que los premios ayudan.

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