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Donde no hay libertad, nace el arte

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14/07/2017
Por: Juan Diego Restrepo Toro – UdeA Noticias

“Tengo un pincel para desahogarme”, expresa ´Conejo´, uno de los internos de la cárcel de alta y mediana seguridad La Paz del municipio de Itagüí, quien hace parte del taller de música, escultura, pintura y grabado que desarrollan estudiantes y docentes de la Facultad de Artes, junto con un dragoneante del Inpec.

Fotos: cortesía Jusseh Restrepo.

La cárcel de máxima seguridad La Paz está ubicada en una colina del barrio San Francisco en Itagüí. En el taller de arte, cada hombre permanece concentrado en su trabajo. Los reclusos que integran el coro hacen ejercicios de calentamiento en la mitad del salón. Escucho sus voces vibrantes mientras los demás presos reciben asesorías para sus pinturas, esculturas o grabados por parte de los estudiantes y docentes de la Facultad de Artes que cada jueves los visitan como parte del proyecto ´La Paz es una obra de arte´.

Detrás de varias rejas aseguradas con candados está el pasadizo que lleva a los patios y más allá, a la puerta de la calle. Aunque esta cárcel tiene capacidad para 328 internos, hay un total de 1.036. El hacinamiento es tal que en el patio 4, que es de seguridad media, hay 429 personas, es decir, casi 100 más de la capacidad de todo el plantel. Como los presos no caben, tienen pico y placa para dormir. Mientras unos esperan por un lugar otros tratan de conciliar el sueño. Descansar así, meditar o disfrutar de un instante de soledad es casi imposible para ellos; aunque algunos hayan encontrado libertad en los pinceles o en la música.

´Conejo´ mezcla verde con amarillo en su paleta, frente al lienzo donde pinta al papa Francisco cargando una silleta y sonriendo. Sobre su mesa de trabajo hay pinturas, cartón, pinceles y una carpeta con las fotografías de los trabajos que ha realizado durante el último año, tiempo que lleva el proyecto que comenzó con cuatro internos y hoy cuenta con 45, incluidos los del coro. Para ´Conejo´ pintar es como un salvavidas, pues necesita de esos momentos de trabajo para desahogarse y para encontrar satisfacción al terminar la tarea.  

“No trabajamos desde el concepto de la resocialización”, explica Bernardo Barragán, docente de la Facultad de Artes, “nosotros no somos ni mesías ni hacemos rescate; queremos darles herramientas artísticas, conceptuales y técnicas que les permitan modificarse a sí mismos pero por su intención propia”. Para Barragán, jefe del departamento de Artes Visuales, el arte es un dispositivo de transformación. Además, en este proyecto se concreta la responsabilidad social universitaria al trabajar con una población vulnerable, pues “en este lugar se siente el abandono del Estado”.

Al recorrer el espacio encuentro vestigios de lo que fue la prisión de los poderosos hermanos Ochoa, miembros de una dinastía de narcotraficantes y criadores de caballos que a comienzos de los años noventa estrenaron el plantel, durante la política de sometimiento a la justicia del gobierno de César Gaviria y allí tuvieron una prisión a su medida: aún sobreviven los baldosines manchados y el foso de lo que fue su piscina personal, en medio de un lugar amplio e iluminado, con ventanas a la calle clausuradas con barrotes, que se ha ido convirtiendo en el taller de arte gracias al trabajo de los internos, quienes recuperaron el espacio, lo asearon y pintaron. 

Al taller también pertenecen algunos reclusos del patio 2 de máxima seguridad, que cuenta con 155 personas, entre ellos antiguos líderes paramilitares, guerrilleros y de organizaciones del narcotráfico o del crimen organizado como la Oficina de Envigado, además de ex funcionarios; todos ellos sindicados o condenados por delitos como narcotráfico y otros contemplados en la Ley de Justicia y Paz. 

A pesar de la gravedad de sus crímenes y del poder que tuvieron (o siguen teniendo algunos), aquí lo que cuenta es el trabajo artístico. “No nos interesa si son inocentes o culpables, esas cosas quedan como suspendidas y no tenemos el prejuicio de si se han manchado con sangre o con narcotráfico”, agrega Barragán. 

“Nunca había pintado en mi vida”: Alexander Peláez

Está condenado a 3 años y apenas lleva 11 meses en esta prisión donde aprendió a pintar. Su sentimiento más fuerte es añorar a su hijo. En su trabajo, Alexander Peláez mezcla los conocimientos que tiene como mecánico automotriz, tatuador y electricista con las expectativas de la vida afuera y con lo que significa la memoria. 

“Uno acá maquina mucho”, reflexiona Peláez, quien trabaja en la cabeza de un hombre-máquina que tiene unos cables que representan las venas y las arterias, un filtro de aire en vez de nariz, un amortiguador como cuello y un dispositivo de memoria ubicado en la parte posterior del cerebro: “esa es la memoria de nuestra vida pasada, porque como decía Elkin Ramírez, vocalista de Kraken, ´cada hombre es una historia´. La conexión entre el cerebro y la boca representa lo necesario que es pensar antes de hablar. Y de la pintura quiero sacar unos engranajes que simbolicen lo que fue mi familia”.

Uno de los reclusos avisa que ha llegado la comida desde el ´bongo´, comedor de la cárcel. Veo cómo un guardián del Inpec introduce un palo envuelto en una bolsa de plástico en cada una de las refractarias que tiene la comida y revuelve en busca de elementos peligrosos. Interrumpimos la conversación y uno a uno, estudiantes, profesores, reclusos y periodista pasamos por una porción de sopa de fideos, pedazos de pollo, arroz y pastas. 

Todos comemos del mismo plato. Los presos han distendido su postura, conversan y hacen chistes con los estudiantes de la Facultad, para quienes este trabajo hace parte de sus prácticas artísticas y culturales, asignatura de 8 créditos que es uno de los requisitos de la carrera. Juan David Castañeda, estudiante de la Licenciatura en Educación en Artes Plásticas, advierte que “nosotros no les vamos a cambiar la vida, sino que ellos mismos lo podrán hacer a través del arte, pues la cárcel por sí misma no regenera”. Además destaca el entusiasmo con que los reclusos reciben el taller, “muestran su mejor cara, vienen arreglados con su mejor ropa. Cada jueves es como un premio para ellos. No hay una relación vertical, de un profesor que viene a dictarles unos conocimientos, sino de alguien que va a guiarlos y alentarlos en su trabajo”. 

Este cambio en la actitud de los internos es analizado por Bernardo Barragán: “al comenzar eran personas de muy escasas palabras, esquivos en la mirada, pero con este trabajo hemos notado que poco a poco están más dispuestos al contacto físico y emocional, y a mirarte a los ojos”. Uno de los aprendizajes de Barragán es que la cárcel invisibiliza a las personas, las objetiva, les quita la fuerza y la movilidad, “obviamente física, pero también académica, intelectual y afectiva”. 

“El tiempo se desvanece pensando en la libertad”: Juan Carlos Echavarría

Al terminar el almuerzo, comimos del arroz con leche que prepararon los internos con los ingredientes que llevaron los estudiantes universitarios. Me acerco a Juan Carlos Echavarría, quien pinta a dos hombres desnudos que pelean entre sí debajo de un reloj que se derrite como en la obra de Salvador Dalí. Al fondo aparece la ciudad, que para él representa la libertad, mientras los dos hombres personifican a un interno batallando contra un juez, quien tiene a su lado las leyes, la Constitución y el código penal. 

“Estoy condenado a 18 años, pero acá el tiempo se nos va volando. Desde que me trasladaron, no he sentido los tres meses que llevo en esta cárcel. Haga lo que haga, acá todos estamos pensando en el tiempo. En mi caso trato de tener la mente distraída en otra cosa, por eso dibujo y hago mucho ejercicio, porque si usted se pone a pensar en los problemas se daña su ´canazo´ (es decir, tiempo en la cárcel)”, cuenta Echavarría sin interrumpir su trabajo. 

Observo las distintas obras que hay en las paredes y mesas del taller: caballos, paisajes, imágenes religiosas, retratos de niños que parecen sus hijos y de mujeres que parecen las esposas o madres de sus hijos. “Los fuimos orientando para que expresaran simbólicamente temas como memoria, paz y reconciliación, y hemos encontrado unos trabajos conceptualmente muy poderosos”, anota Bernardo Barragán, para quien el trabajo sobre la memoria produce una perspectiva de lo que es la reconciliación, pues construye otra forma de paz.

Trazos de libertad

Detrás de este taller está el dragoneante Carlos Rojas, egresado de la Fundación Universitaria Bellas Artes, quien comenzó con el proyecto ´Trazos de libertad´, abonando el terreno en cuanto a las técnicas, pues cuando llegó el equipo de la Universidad de Antioquia los internos ya sabían cómo organizar el lienzo, cómo manejar las pinturas y habían hecho varios ejercicios de dibujo. 

Trabajar y estudiar no fue fácil para Rojas, quien tenía turnos laborales extra-largos mientras respondía a las exigencias académicas. Llegó al punto de perder interés en el trabajo, sentía que era inútil, estresante, rutinario y que no le permitía dar todo de sí mismo, incluso se enfermó, pues pensaba que no le aportaba al crecimiento personal de los reclusos. 

Entonces decidió comenzar el taller con cuatro personas. “Jamás he hecho una convocatoria, los que han llegado lo hicieron por su voluntad. Hoy me siento diferente, este taller me brinda satisfacción al ver el progreso de los internos y la relación de respeto que tenemos”, relata Carlos Rojas, para quien el respeto se gana cada día, más allá de la autoridad que representa el uniforme. 

Con la participación del equipo de la Universidad de Antioquia el taller creció hasta alcanzar los 45 integrantes. El proyecto ha llamado la atención de varias organizaciones para ser replicado, de ahí que fueran invitados a la zona rural de paz y normalización de Dabeiba para contar la experiencia. 

"Es como una burbuja en la que se refleja la sociedad": Kelly Agudelo

Los internos no necesitan de conocimientos previos para pertenecer al taller. La metodología consiste en tres momentos de trabajo en la cárcel. Primero una sensibilización sobre lo que significa el taller, después la elaboración del trabajo bajo un sistema de tutorías, por el cual cada estudiante asesora a un grupo de cinco internos y luego cambia de grupo; y finalmente un cierre para reflexionar sobre el proceso y recoger aprendizajes. Al regresar a la Universidad, estudiantes y profesores se reúnen para evaluar cada visita.  

Kelly Agudelo, docente asistente de la Facultad, explica que esta experiencia sirve para salir del aula regular y saber lo que significa una práctica social en un entorno como este. “No podemos desconocer las problemáticas de la población carcelaria. Acá también hay estratos, unos tienen más privilegios que otros. Es como una burbuja en la que se refleja la sociedad”, afirma Kelly, quien no solo sintió nervios la primera vez que entró a la cárcel, sino las cinco siguientes. 

Al mediodía, hora de salir de la cárcel, siento desesperación con el procedimiento y eso que apenas llevo cinco horas aquí. Es mi primera vez en una prisión. Aunque no tuve ansiedad al entrar y a pesar de la cantidad de filtros, siento el cansancio de la mañana y respiro la energía densa del lugar, por lo que debo contener las ganas de salir rápido y tener paciencia con los protocolos de seguridad.

Para salir recorremos los pasillos como en un laberinto. Me encuentro con las miradas de otros presos, detrás de las rejas que llevan a los patios. Su actitud corporal es a la expectativa, me siento observado y por un minuto se me pasa la idea por la cabeza de estar del otro lado, no listo para salir, sino para quedarme. 

Agradezco haber almorzado del bongo porque si no, me hubiera mareado por el hambre y la claustrofobia. También porque me dio varias lecciones, primero a agradecer cada plato de comida en mi vida diaria y segundo porque es muy fácil señalar a las personas, decir que son narcotraficantes, ladrones u homicidas, pero la experiencia me permitió compartir con ellos, verlos de una manera distinta y notar su potencial artístico. Sus obras serán expuestas el próximo 17 de agosto en el centro carcelario y luego serán llevadas al Campus central. 

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