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¿Hasta dónde viajarías en busca de la armonía?

Televisión
17/03/2017
Por: Juan Diego Restrepo Toro – UdeA Noticias – Crónica

Con la canción de los grillos y las chicharras entramos una noche de estrellas al territorio ancestral Miguel Cértiga, de la comunidad êbêra chamí, ubicado en La Mirla, municipio de Támesis, tierra de café, cacao, cascadas y ríos, para celebrar la diversidad cultural.

Video: PFC Permanencia estudiantil. Fotos: cortesía Esteban Lopera Casas. 

Al llegar al resguardo me di cuenta de la dimensión de la visita: 91 personas de distintas regiones del país descendimos de dos buses de la Universidad de Antioquia que nos transportaron por más de cuatro horas; nutrida delegación de estudiantes, profesores y empleados; indígenas, raizales y mestizos; muchos de ellos hablantes nativos de lenguas ancestrales y otros en proceso de aprenderlas. 

Los docentes Selnich Vivas y Alexander Yarza nos recomendaron llevar el alma dispuesta y con pensamientos bonitos, respetar la comunidad y el territorio, y despojarnos de distractores, entre ellos los teléfonos celulares. 

Era la noche del viernes 24 de febrero, hacía calor, el cielo estaba despejado, la luna estaba en su fase nueva y al otro día habría eclipse de sol. Estaba tan tarde que las mujeres y los niños que nos esperaban para compartir unas danzas se habían ido a dormir. La realidad había desbaratado los planes para el cierre de la Semana de las lenguas nativas, dejando los rituales para el día siguiente.

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Lo primero que recibimos fue el regalo de la hospitalidad. Nos instalaron en la escuela del resguardo, donde se destacaban las imágenes sobre la protección de los derechos de los niños indígenas. Los baños estaban limpios y dispuestos para que el gentío los usara. Algunos durmieron en los salones y otros armamos carpas alrededor. Al otro día nos prepararían el desayuno y un sabroso almuerzo.

Los recibimos con mucho cariño porque esto no se ve todos los días y es poder recibir compañeros de distintos pueblos del país”, dijo Cristian Zapata Cértiga, líder del resguardo, “siempre abrimos las puertas aunque todavía no tengamos un lugar adecuado para que mucha gente venga, pero en la lucha de la liberación de nuestros territorios nos han enseñado que tenemos que armonizar con la naturaleza y olvidarnos de las comodidades de la ciudad”.

Danzas y círculo de la palabra

Después de prender una fogata, hablamos sobre cómo encontrar la armonía con Noinui Jitoma, profesor de lengua mɨnɨka, al compartir un vaso de chicha que la comunidad nos ofreció después del saludo de bienvenida

Para él la armonía es la palabra dulce, vivir bien, disfrutar el compartir con otros y tener respeto por las comunidades y sus territorios, “y para eso sirve viajar pero no es indispensable, basta con tener conciencia de la importancia de la naturaleza desde el ser más pequeño hasta el más grande en cada uno de los territorios”. ¿Cómo comprender esto? Noinui Jitoma nos explica que no hay que entenderlo con las palabras, pues tal vez lo podríamos vivenciar al otro día, cuando fuéramos al río en busca del espíritu del agua.

Los integrantes de cada uno de los seis cursos de lenguas ancestrales de Cátedras UdeA, ofrecidos a través del programa Multilingua, compartieron danzas y cantos esa noche para mostrar los aprendizajes de wayuunaiki, êbêra chamí, ye´pá mha´sá, guna dule, kriol y mɨnɨka, alrededor de un círculo de la palabra.

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Con Dairaturu vu, canción êbêra compuesta por Eulalia Yagarí que se traduce como “Nosotros somos”, los estudiantes de este curso danzaron al compás de su docente, Lida Yagarí, quien explicó que esta es una canción sobre la defensa del territorio y la cultura, pues recoge los sueños de la población, sus luchas y resistencias, asuntos que hay que tener en cuenta a la hora de armonizar con el territorio. 

Precisamente la armonía de la danza es una expresión de la armonía con la naturaleza. Para Lida Yagarí esto incluye el respeto entre las personas, con el territorio y con todos los seres vivos. “Es un trabajo espiritual porque cuando tenemos armonía todo fluye”, y valoró este intercambio de conocimientos entre los representantes de distintos pueblos.  

Noinui Jitoma agregó que cuando estamos en armonía nadie es más importante que nadie, “por eso no me gusta usar la palabra paz, que puede ser el acuerdo entre dos partes que han estado armadas, pero la armonía implica el respeto por los demás seres, incluidas las piedras de los ríos, las cuales nos pueden sanar”. 

Al terminar el círculo de la palabra compartimos conocimientos de manera informal en distintos grupos, bien sea alrededor del fuego o con la interpretación de instrumentos musicales; unos ahondaron en el tema de las plantas medicinales y sus usos en cada cultura, otros soñaron con el proyecto del rescate del sombrero vueltiao y algunos se acostaron en la manga a ver las estrellas; a estas alturas de la noche muchos se fueron a dormir.   

Antes de que saliera el sol, José Román Tascón, uno de los mayores del resguardo, realizó el ritual de armonización. El frío de la madrugada reemplazó a la calidez de la noche. “Yo soy como un botánico de las plantas, este es un baño para armonizar, para evitar las enfermedades, no se imaginen que los voy a bañar a cocadas, sino que es un riego para que tengan buena energía. Lo recibimos con la llegada del sol y con toda la naturaleza para celebrar los saberes de este territorio”. 

Amanecer de un sueño

Con las primeras luces del alba caminamos hasta una colina para recibir al sol y divisar la cuenca del río Cauca. El resguardo está cercano a un bosque de niebla donde habitan osos y pumas. Además el municipio cuenta con más de 300 petroglifos, piedras grabadas por indígenas de la región en la época prehispánica, en su zona rural. Según Cristian Zapata Cértiga la movilización de los habitantes de Támesis ha impedido que se realicen grandes proyectos mineros, los cuales Cristian considera como una amenaza a la naturaleza. 

La historia del resguardo se remonta a 1996 cuando el cabildo fue reconocido por la administración municipal y por la Organización Indígena de Antioquia. En 1997 se inició la compra de tierras que conformarían el resguardo actual. En aquella época esta comunidad estaba conformada por 26 personas, distribuidas en 6 familias; hoy cuenta con 160 habitantes, que pertenecen a 35 familias. Si bien en todos los documentos legales el resguardo se conoce como La Mirla, la comunidad decidió honrar la memoria de uno de sus ancestros, Miguel Cértiga, bautizándolo así. 

Entre las expectativas de Cristian Zapata Cértiga están la superación de dificultades en la educación de su comunidad. En la escuela del resguardo estudian cerca de 20 niños en preescolar y primaria, mientras los jóvenes cursan el bachillerato en el municipio. Algunos, entre ellos Cristian, se han graduado de la educación básica pero “no hemos podido seguir estudiando por falta de recursos. Para nosotros es muy importante esta visita de la Universidad, porque nos ha mostrado que no se puede quedar en la ciudad, sino que tiene que ser muy práctica de venir a los campos y territorios”. 

Después del desayuno, los 91 visitantes nos reunimos para apreciar las danzas que el grupo de niños y mujeres del resguardo había preparado. Presencié la escena más conmovedora del viaje al ver que los niños jugaban teléfono roto traduciendo palabras en su lengua de oído en oído.

Estar reunidos con la comunidad fue la oportunidad de escuchar las distintas lenguas nuevamente. Harley Bent, representante del pueblo raizal, agradeció a la comunidad êbêra chamí: “como creoles estamos muy agradecidos por habernos abierto el espacio para conocer su comunidad, cultura y danzas, esperamos poder compartir parte de nosotros con ustedes”. También pudimos apreciar el trabajo artesanal de la comunidad en una exposición de collares y manillas. 

Luego caminamos hasta el río durante media hora mientras el sol calentaba el sendero. El agua era fría y cristalina, y el lecho del río estaba lleno de mariposas que se posaban sobre sus piedras. Noinui Jitoma retomó las palabras sobre la armonía, a pesar de que no hicimos el ritual que nos habían prometido para pedirle permiso al espíritu de las aguas.

“¿Vinimos a armonizar o a bañarnos en el río?”, se preguntó Noinui Jitoma, “la naturaleza está aquí, nos brinda todo el afecto y el sentir, puedo tener un espacio hermoso pero si no conozco nada de él no puedo armonizar. ¿Qué significa sumergirse en el agua para los êbêra de Támesis?”. Una de las preocupaciones de Noinui Jitoma es desconocer los significados de la Madre Tierra y que las comunidades valoren más el conocimiento impuesto que el propio. 

Las palabras de Noinui Jitoma quedaron en mi cabeza: “de ayer a hoy mostramos los aprendizajes de cada uno de los cursos y estoy feliz porque no son solo aprendizajes de la cabeza, sino del corazón, que es como se muestra el respeto por las culturas”

Para mí las lecciones son invaluables. Aprendí que hay que darle un lugar a los conocimientos de nuestros ancestros, que la diversidad de la Universidad de Antioquia es un reflejo de la realidad del país, que hay más lenguas ancestrales que las 68 registradas por el Estado, que el sistema educativo es clave para la preservación o desaparición de las culturas, que el español es una lengua hegemónica y al imponerla se ponen en peligro las otras lenguas, que la extinción de una lengua significa la muerte de una forma de conocimiento, que puedes ser bilingüe sin aprender inglés, que hay muchas formas de nombrar al mundo, que los êbêra chamí son una comunidad hospitalaria, que las piedras son importantes porque hacen parte del río y el río está vivo, y que una de las claves para habitar el territorio es estar en armonía. 

Cuando más disfrutábamos del río nos dimos cuenta de que era hora de regresar al resguardo para almorzar, empacar y volver a Medellín. No imaginábamos que nos esperaba la varada de uno de los buses en el camino, pero esa es otra historia. 

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