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Periódico Alma Máter

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Ciencia

Maestras de la velocidad y el vuelo

06/05/2019
Por: Natalia Piedrahita Tamayo— Periódico Alma Máter

Hay libélulas especialistas en ríos, pantanos, cascadas y plantas. Llevan 400 millones de años volando por el planeta, por lo que son potentes indicadores del equilibrio ecosistémico. Colombia tiene cerca de 500 de las 6000 especies identificadas.

Diastatops Obscura. Fotografías Archivo Cornelio Bota Sierra 

Cuando los dinosaurios habitaron la Tierra, hace aproximadamente 240 millones de años, las libélulas ya volaban en bosques y sobre cuerpos de agua. A través del tiempo han presenciado las transformaciones planetarias, convirtiéndose en las más longevas maestras del vuelo en este planeta.

Se les conoce con apelativos como «achicapozo», «helicópteros» y «caballitos del diablo» y por su morfología han estado unidas a la simbología de diferentes culturas. Para los aztecas, por ejemplo, encarnan la pureza del agua, por lo que eran representadas como compañeras de Tlálloc —dios de la lluvia—, en sus jornadas de cantos y juegos.

En Colombia viven cerca de 500 de las 6000 especies de libélulas que se conocen en el mundo. En la región de los Andes, una de las más diversas y exploradas del país, se encuentran alrededor de 250 especies y en su vertiente occidental, lugar de confluencia de la biota centro y suramericana, está cerca del 30 % de la diversidad de las libélulas en el país. En los últimos años el profesor Cornelio Bota Sierra, investigador del Laboratorio de Entomología de la Universidad de Antioquia, ha descrito 12 nuevas especies en el territorio nacional.

Heteragrion tatama, Cora verapax, Philogenia martae, Archaeopodagrion fernandoi, son cuatro nuevas especies que Bota Sierra encontró en la zona cercana al Parque Nacional Natural Tatamá, ubicado en el piedemonte chocoano de la cordillera Occidental. «Su capacidad de adaptación es tal, que algunas especies pueden vivir en aguas sedimentadas o en bosques intervenidos por el hombre; pero otras no soportan las intervenciones humanas, entonces se extinguen local o totalmente y, por ello, su presencia indica con certeza la historia y salud de un ecosistema», explicó el investigador, quien ha dedicado a las libélulas su trabajo académico.

La Mesamphiagrion santainense es una de las especies altoandinas amenazadas. 

El aspecto frágil, las largas alas y el colorido de su cuerpo guardan la memoria genética que les ha permitido sobrevivir ante las transformaciones del entorno. Son diurnas y de tamaño pequeño; dependiendo de su ubicación geográfica y morfología, viven entre tres meses, en zonas tropicales, o hasta cinco años, en los duros climas árticos. En el caso de los individuos que habitan en Colombia, el promedio está entre seis meses y un año.

«Dado que las libélulas son cazadoras durante todo su ciclo de vida, su diversificación se debe a la especialización de sus larvas e individuos adultos a diferentes hábitats. Su relación con el lugar habitado es tan estrecha, que si este se modifica es posible que se extingan, por ello existen especies que indican la buena salud de un cuerpo de agua o un bosque, y otras que son fieles a espacios intervenidos por el hombre como potreros o cultivos», señaló Bota Sierra, quien participó en una publicación sobre el estado de conservación y distribución de la biodiversidad en los Andes tropicales, en la que se evaluaron 216 especies endémicas de esta región.

Colombia, rica en libélulas

'Perithemis mooma', una de las especies de libélulas colombianas registradas por el investigador Cornelio Bota Sierra.

Las investigaciones sobre libélulas le han mostrado a Bota Sierra la urgencia de desmontar la idea generalizada de que la biodiversidad del país está mayoritariamente en las selvas del Amazonas y el Chocó, es en los Andes donde reside buena parte de las especies del continente: «Cada 500 metros altitudinales hay cambios en las especies del orden odonata —paleópteros que no pueden plegar sus alas y en su mayoría extintos, por lo que ostentan la historia evolutiva más larga entre los animales voladores—, debido a ello, las comunidades que viven en Colombia son muy diversas, incluso más que las amazónicas».

Cada libélula es guardiana de su lugar, entonces se encuentran en páramos, bosques, ríos, pantanos; allí cazan y se reproducen para darle continuidad a la especie. En el Chocó y el Magdalena Medio vive el ejemplar de envergadura alar más grande del mundo: Megaloprepus caerulatus, una cazadora de arañas de hasta veintidós centímetros, que se pasea por pantanos, zonas selváticas y ríos.

Esta especie está estrechamente ligada a bosques conservados, pues sus larvas solo se desarrollan en pocetas de agua que se forman en los troncos de los árboles más grandes, en algunos casos mientras están vivos. Debido a esto, cada vez que cae un árbol, los machos de esta especie vuelan sobre el tronco, reconociendo el territorio en el que probablemente podrá vivir su próxima generación. Por esto, los aserradores las conocen como «maestras», ya que la libélula vuela sobre el tronco talado supervisando si el trabajo quedó bien hecho.

Algunas especies altoandinas descritas por Bota Sierra están amenazadas, según las ha declarado la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Ellas son la Mesamphiagrion gaudiimontanum, Mesamphiagrion nataliae, Mesamphiagrion rosseri, Mesamphiagrion santainense y Oxyallagma colombianum, que luchan por sobrevivir en ecosistemas cercanos a los principales asentamientos humanos de nuestro país, como la sabana cundiboyacense y el Valle de Aburrá.

Mesamphiagrion gaudimontanum macho.

«El hacha que mis mayores me dejaron por herencia nos está acabando», enfatiza Bota Sierra, quien reivindica el carácter fundamental de los bosques en la vida de los insectos: «Tenemos un rasgo cultural que nos lleva a acabarlos. Puedes tener el agua más pura del mundo, pero si tumbas un bosque, algunos grupos de libélulas se extinguirán».

Ágiles y con potente visión

Otro de los talentos de estas ninfas aladas es la capacidad de transmitir la información velozmente a sus músculos, quizá una de las razones de su éxito evolutivo. Bota Sierra narró que los sistemas oculares de las libélulas son investigados por el ejército de Estados Unidos para develar la velocidad a la que pueden reaccionar frente a estímulos visuales. «Después de conectar electrodos en su sistema neuronal, las encierran, luego sueltan abejas y moscas como presas, para grabar el comportamiento de la libélula ante ellas y su transmisión de impulsos nerviosos. Al reproducir los videos en cámara lenta, aprecian cómo logran agarrar fácilmente a sus víctimas con pocos movimientos».

Pero la sensibilidad de las libélulas va más allá de la visión, su vuelo es todo un arte: para su tamaño son el insecto con mejores maniobras en la naturaleza. En el caso de las moscas, por ejemplo, aunque tienen excelentes maniobras, su tamaño es inferior, por lo que no podría establecerse una comparación.

Otros de los hallazgos de Bota Sierra son la Oxyallagma colombianum y la Rhionaeschna caligo, en el Páramo de Belmira, e Inpabasis nigridorsu y Diaphlebia richteri, en la Amazonía. A partir de sus indagaciones el investigador advierte que «la sensibilidad de las libélulas y su relación con el entorno es un recordatorio de que la fragilidad de la vida es la base del cambio».

Las investigaciones sobre las libélulas en Colombia son escasas. Para desarrollar su trabajo Bota Sierra acudió al conocimiento de expertos de otros países como Rosser Garrison, Natalia von Ellenrieder y Jürg De Marmels. El Laboratorio de Entomología de la Universidad de Antioquia custodia 6368 ejemplares de libélulas.

En 1916, los naturalistas Edward y Jesse Williamson se internaron en la región del Magdalena Medio y recolectaron 8553 especímenes

Apolinar María, lasallista francés, publicó el primer catálogo de odonata para Colombia, pero su colección se quemó en El Bogotazo, en 1948. Por muchos años el tema estuvo prácticamente inexplorado, hasta que se creó el Grupo Colombiano de Odonatología, que desde la década pasada ha realizado diversos trabajos sobre conservación, ecología y evolución.

Mesagrion leucorrhinum.

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