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La deconstrucción del enemigo

12/08/2019
Por: Andrés Restrepo Gil, egresado Instituto de Filosofía UdeA

« ... Me gusta pensar que, si los hombres que están dispuestos a disparar viesen más allá de las ideas simplistas que se adjudican los individuos entre sí, y se detuviesen a detallar la humanidad que hay en la capacidad de sonreír y sentir dolor, lo pensarían dos veces antes de violentar a una persona ... »

La fotógrafa alemana Herlinde Koelbi tiene un interesante estudio sobre los “targets” o “blancos enemigos” con los que soldados de 30 países entrenan. La fotógrafa se tomó el trabajo de ir a los campos de entrenamiento y retratar “los blancos” con los que soldados de diferentes nacionalidades disparan, para mejorar su puntería, velocidad y acierto.

¿A qué le dispara un soldado sudafricano en sus días de entrenamiento? ¿a qué le dispara uno americano? Para dar un ejemplo, podemos exponer el caso de las fuerzas armadas de Estados unidos.

Según pudo retratar la fotógrafa, el blanco congelado y sin vida del enemigo americano era, hace algunos años, el típico soldado soviético. Hoy día, el enemigo, en cierta medida, ya no es el mismo. Y puesto que éste ha cambiado, “los blancos” también. Hoy, éstos ya no son soldados soviéticos, sino un soldado oriental, con su shemagh militar.

Parece apenas natural que, si un gobierno está entrenando a sus soldados para matar a otros soldados, utilice la imagen de éstos últimos para adiestrar a los primeros. Y aunque parezca, en efecto, un hecho natural, es necesario resaltar que estos “blancos” son la construcción de un enemigo muy concreto, al que un soldado, sí o sí, debe matar o reducir. 

En otras palabras, “los blancos” terminan siendo parte de todo un proceso que permite la creación de un simple enemigo en la mente de quien, finalmente, apretará el gatillo. Es decir, para que alguien pueda disparar un arma es necesario elaborar un blanco vacío o un enemigo que, simplemente, es un enemigo. Nada más.

Lo anterior se puede evidenciar, en el estudio que hace Joanna Bourke en su libro “Sed de sangre”. En este libro, la autora expone la versión de un sargento de los Estados Unidos que nos permite saber, en términos generales, en qué piensan algunos soldados a la hora de disparar contra un enemigo. Según ella, el sargento, refiriéndose a la percepción que tenían los soldados americanos sobre los soldados del vietcong, afirma: “era como si no fuesen humanos (…) cuando disparaban a alguien no pensabas que estaban disparando contra un ser humano. Era un amarillo o un comunista, así que no había problema” 

Resulta sumamente paradójico que la construcción de un enemigo sea, precisamente, una deconstrucción de éste. Y lo anterior se sustenta en el hecho de que el enemigo no es nunca un sujeto con dos hijos, Sofía de 8 años y Matías de 3; el enemigo no es nunca un campesino al que una situación difícil le llevo a empuñar un arma; el enemigo no es tampoco el hijo de una madre con cáncer o el hijo de Hernán, un hombre con diabetes; el enemigo nunca será una mujer pobre que no tiene dinero para sus toallas higiénicas. El enemigo no será nunca un buen vecino, no tendrá nunca un rostro piadoso, ni una mirada humana.

Al enemigo no se le entiende y no se le intenta entender. A lo mejor, el enemigo no ríe, ni llora. El enemigo es el enemigo. El enemigo es, finalmente, un “blanco” puro, con un único atributo: comunista, paramilitar, guerrillero, policía, conservador, liberal o líder social. Y por ser comunista, paramilitar, guerrillero, policía, conservador, liberal o líder social merece morir.

Para terminar, me gustaría mencionar un pasaje brillante de María Antonieta de Stefan Zweig. En su intento por huir de la revolución, Maria Antonieta, Luis XVI, sus hijos y una sirvienta emprendieron un extenso viaje que, como objetivo, tenía cruzar las fronteras de Francia. Desafortunadamente para éstos y afortunadamente para los revolucionarios, el carruaje en el que se transportaba la familia fue sorprendida a kilómetros de París, ciudad de la que habían partido.

Por cuestiones de seguridad, dos funcionarios fueron encargados para vigilar a los monarcas hasta que llegasen a París. Estos dos funcionarios no encontraron otro transporte, sino aquel en el que pretendían huir los reyes. Así las cosas, reyes y revolucionarios tuvieron que compartir el mismo medio de transporte. Las dos grandes fuerzas antagónicas de Francia, rebeldes y monarcas, quienes se habían declarado la guerra meses atrás, se vieron obligados a compartir unos metros cuadrados hasta llegar de nuevo a la capital. ¿Qué ocurrió en aquel carruaje? ¿se comprobó la barbarie y tosquedad de los rebeldes?  ¿se patentizo la inhumanidad de la reina y el rey? Así lo cuenta Zweig:

“el jacobino y el revolucionario burgués se quedan por completo sorprendidos al observar la naturalidad de formas de trato que impera en la familia real. (…) Ambos revolucionarios miran con asombro como los niños reales juegan exactamente como los suyos propios en sus casas. (…) Estos tiranos, reconoce sorprendido el furibundo revolucionario, son realmente unas criaturas humanas exactamente lo mismo que ellos. Igual sorpresa experimenta la reina: ¡son realmente gente muy amable y cortés estos malvados, estos monstres de la Asamblea Nacional! Nada sanguinarios ni mal educados, y, sobre todo, nada tontos.”

La hostilidad de ambos bandos quedó liquidada cuando los dos enemigos se ven forzados a tener un contacto directo. Pareciese que, en el momento de ponerle un rostro real a las ideas, los prejuicios perdiesen fundamento y los blancos enemigos se llenasen de humanidad. Por todo lo anterior, sospecho que un hombre, a la hora de halar del gatillo, le es más sencillo pensar que quien recibirá el impacto es un simple enemigo, un simple paramilitar o un revoltoso guerrillero.

Me gusta pensar que, si los hombres que están dispuestos a disparar viesen más allá de las ideas simplistas que se adjudican los individuos entre sí, y se detuviesen a detallar la humanidad que hay en la capacidad de sonreír y sentir dolor, lo pensarían dos veces antes de  violentar a una persona. También me gusta creer que una sonrisa o una lágrima son suficientes para llenar los blancos enemigos de humanidad y que esa humanidad es una razón suficiente para estar convencidos de que la violencia no es hoy, ni será nunca una solución.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos.  Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

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