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La agonía de la Pachamama

21/01/2020
Por: César Alberto Orozco Rojas, profesor titular, Facultad de Medicina UdeA

« ...El hombre es un adversario del mundo, del paraíso del universo, de este planeta único de agua y vida, y por su mal proceder histórico que ha mostrado, la ha condenado, es su verdugo...»

El hombre blanco, en aras del crecimiento y del rendimiento, de atender la competencia salvaje, de satisfacer sus ambiciones, necedades, necesidades y excitabilidades ha desconocido la ancestral relación espiritual del indígena con la tierra y el cuidado de su sostenibilidad.

Para nuestros nativos, la tierra es la fuente de vida, un regalo del Creador que nutre, sustenta y enseña, tan desprendida que todo lo procura y anima. Los aborígenes consideran a la Tierra como su madre, dignificada y respetada, y como tal venerada.

Casi que todos estamos desmadrados, la Tierra agoniza por la irresponsabilidad de una manada humana ecocida; poblada de un mundo de gente alocada, insensata e irreflexiva, que no razona; tal vez, todavía piensa que la Tierra proviene de lo que quedó del agua que se secó en aquellos ayeres.

No se ha enterado que la razón que hace especial a la Tierra es el agua líquida, la precursora de la vida; otrora sedienta, una mole seca; ahora los científicos, buscan vida allá conociendo que está acá, tratan infructuosamente de encontrar el oro líquido en el más allá sabiendo que está al lado menospreciando.

Aún no hay la suficiente conciencia de parar la guerra contra la naturaleza, contra la Pachamama, la Madre Tierra. Apenas vislumbra la emergencia planetaria y la importancia de la actitud verde y protección con esmero de la economía verde.

El comportamiento humano ha extraviado y reculado la hominización hacia el Homo erectus y, peor aún, lo degrada al lobo de la Tierra y lobo del hombre, el gran depredador y que hace alarde camaleónico con sus abrazos fraternos de lobo.

El hombre le tira de muerte como si fuere su dueño, es consciente que no le pertenece, ignora que se debe y necesita de ella; la saquea, le esquilma sus fuentes sacando de sus riquezas el mayor provecho.

Toma decisiones lúcidas que no persigue mejorar, ni a nada ni a nadie; arruina y mata no por supervivencia, sino por el lucro, vanidad y hedonismo; su conducta pinta de propietario impostor, jacto de su pedantería, arrogancia y viveza.

Ignorante, la ve desprotegida y, a pesar de su fragilidad, no precisa del hombre; al contrario, él es un dependiente absoluto.

El hombre es un adversario del mundo, del paraíso del universo, de este planeta único de agua y vida, y por su mal proceder histórico que ha mostrado, la ha condenado, es su verdugo.

Sus habitantes la moran asaltándola, han atentado la armonía del sistema, la interrelación permanente entre el hombre-flora-fauna-aire- tierra-agua; ha profanado la perfección de ser un planeta verde - azul.

Han faltado disculpas y gratitud por tanto error cometido en contra de la Tierra por todo lo que nos ha proveído. Su cuido, no es una dádiva, es el pago de su deuda, que implica un acto de reciprocidad.

La Pachamama tiene hambre y sed frecuente, se calienta y se seca, y si no se le nutre con las ofrendas o si se le ofende, provoca pestes, hambruna, llamas, sequías, inundaciones, desolación y desiertos; un camino inexorable, acortado y soslayado.

El hombre sólo mira su ombligo sin saber dónde se apoyan sus pies, ni se pone pantuflas para trajinar la alfombra del mundo, un Homo sapiens ignaro, utilitarista e inmisericorde.

No aprecia el milagro que trae una sola flor, el simple aleteo del colibrí, el verdor de la colina, el silencio del aljibe cristalino, la brisa del mar inmenso, la suavidad del aire puro ni menos el bocado que le entrega.

Así sea dadivosa y venerada, explora y explota los recursos de los mares, tierras y selvas sin percatarse que son no renovables e insustituibles; la Tierra es finita, agotable y, ha sido tan usada y abusada que ya le han dejado huellas abultadas e indelebles.

Los desechos copiosos por el consumo desmedido, la han agotado e enturbiado. No se ha calzado con seda los ojos para palpar la naturaleza.

Acidifica el mar, derrite los polos, seca humedales y riachuelos, oscurece al rio potable, tala árboles, desertiza al bosque; lo verde lo vuelve amarillo y el humus cobrizo; al aire, poluto; su belleza pronto será senil y hasta el agua inodora, ya hiede.

El Mundo verde azul se está yendo, jadea y tras ella todo ser viviente; el hombre mal arrendatario, expirará; la Tierra furiosa, por la ingratitud humana, renacerá sin hojas en otro ciclo desolada porque es tanta su grandeza que aún tiene raíces en sus entrañas.

El resultado luctuoso reinante es por la indiferencia del hombre y del abandono de los Estados; es por falta de promover la educación ambientalista y de la enseñanza del desarrollo sostenible como fundamento de un mundo viable.

Solo con la educación se identifica el carácter sistémico del problema, es la estrategia con la que se logra la concienciación de los cambios efectivos en la construcción de un futuro sostenible.

Por lo dejado y maleducada que ha sido la sociedad no ha estructurado los cambios necesarios de actitudes y comportamientos ecológicos; no reduce, persiste en el consumo irresponsable; no reutiliza, es obcecado en el comercio injusto, el facilísimo e inmediatismo no lo deja ser objetivo; no recicla, bota, lo vence la pereza, la sinrazón y los desafueros.

Es cortoplacista, aún no mira las repercusiones a medio y largo plazo; es torpe, todavía no lleva un consumo inteligente, una producción ecoamigable y, bajo intereses económicos oscuros, no condesciende florecer las energías limpias no fósiles ni el consumo de productos biodegradables.

El hombre es un mal socio ecosistémico; prima su pensamiento antropocéntrico sobre el biocentrismo; prioriza toda actividad humana sobre lo natural; no integra lo humano, como una especie más en el ecosistema; ha creado un medio que tiene más fortaleza un mundo con bases de astillas de canela.

Los países desarrollados han pospuesto el tiempo de actuar, son meros embaucadores con los compromisos de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, aparentan la ecoamigabilidad, engañan al ambiente con el desarrollo limpio y verdaderas transformaciones hacia la descarbonización.

El mercado mundial del carbono traslada el problema local de la huella de carbono para otro lado, es una práctica comercial que maquilla el escaso compromiso con el desarrollo sostenible; es una pantomima a los esfuerzos para mitigar el problema, semeja como si se pasaran la bolita de la responsabilidad de la desintegración ambiental.

Humanos farsantes, falaces e histriónicos; el traspaso del dióxido de carbono equivalentes (CO2e) no emitidas de origen fósil es un esquema de compensación, un negocio permisivo antinatural, una bolsa en la que se puedan comprar y vender cupos entre países o empresas de derechos de emisión de toneladas de CO2e aunque entienda que el efecto contaminante global es el mismo.

No ha concebido que el problema contaminante es global, no local; y para atajarlo y no fracasar, hay que aplicar políticas consensuadas nacionales e internacionales para alcanzar la meta de la aceleración en la mitigación mundial de las ingentes toneladas de gases causante del calentamiento planetario.

No advierte que sus prácticas y acuerdos no son sostenibles y que el éxito de unos conlleva el fracaso de otros; la interdependencia de la humanidad con la Tierra se refleja en el tiempo con la perspectiva sostenible, un disfrute que se engrandece con la diversidad biológica, cultural y del pensamiento.

Ha sido voluntarioso y egoísta; no se pone de acuerdo en lo fundamental, en lo que es perentorio acordar, salvar la Pachamama; es tarea de todos sacarla de la agonía, penderá de la cordura y responsabilidad colectiva, empresarial, Estatal y, en lo individual del modelo de vida escogido del comportamiento y de las modificaciones del consumo.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

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