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Literatura y pestes: a propósito del coronavirus  

21/11/2020
Por: Pablo Montoya Campuzano- profesor Facultad de Comunicaciones

Este ensayo de Pablo Montoya Campuzano, profesor de la Universidad de Antioquia, fue escrito durante los primeros meses de la pandemia de la covid-19; posteriormente, fue leído por el autor en la cátedra Roberto Bolaño, el 27 de octubre de 2020. El periódico Alma Mater comparte con sus lectores las reflexiones del escritor colombiano, ganador de numerosos premios y reconocimientos, entre ellos el prestigioso Premio Rómulo Gallegos, en 2015, por su Tríptico de la infamia.

 

Montoya Campuzano realizó estudios de maestría y doctorado en literatura latinoamericana en la Universidad Sorbonne Nouvelle Paris 3. Fotografía: Marlon Meza Teni.

 

 

Como les sucede a quienes relatan los cuentos de El Decamerón, he estado aislado en las afueras de una ciudad. A unos pasos de mi casa, situada en lo alto de una loma de Envigado, se puede ver la extensión de Medellín y los municipios limítrofes. El panorama del valle de Aburrá, a pesar de su majestuosidad urbana, en estos meses de encierro, varias veces me ha suscitado congoja. Y, como muchos. imaginé que con la llegada del coronavirus habría miles de muertos y que, junto a la contaminación ambiental, la ciudad terminaría convirtiéndose en un preocupante paradigma de la calamidad social.

Pero a diferencia de los nobles de Boccaccio, que van a un castillo en las cercanías de Florencia para olvidar las tribulaciones de la peste negra y entretenerse al calor de sus cuentos, yo he estado de cara ante una nueva pandemia con perfiles aciagos. Durante semanas fui incapaz de substraerme de la estela de miedo, inseguridad e impotencia que se desbordaba por todas partes. Y a pesar de que un aislamiento así, para un escritor, es sinónimo de una pausa benéfica y de tiempo de reflexión, ha sido inevitable sentirme en medio de una especie de pesadilla planetaria como nunca antes se había vivido. Ahora ‒y parodio al narrador de La peste, de Camus‒ podemos decir sin vacilaciones que el coronavirus es el asunto de todos. Lo cual significa que tendremos que luchar contra él porque todos, de algún modo u otro, lo tendremos.

Y, sin embargo, no es el único. Otros asuntos ya nos tenían en vilo, acrecentaban nuestra angustia y nos hacían suponer que estábamos ad portas de un tremenda mutación social: la crisis climática con el deshielo de los polos y la próxima extinción de una parte de la flora y la fauna; la polución atmosférica y sus miles de víctimas; la extensión de las multinacionales mineras y la ganadería y su impacto siniestro en la naturaleza; la voracidad de un neoliberalismo que, como un ser que agoniza, convulsiona aquí y allá; la condición miserable de millones de personas y el confort vergonzoso de unos pocos. Pero ha llegado la covid-19 y es como si sintiéramos, con claridad insoslayable, que hemos traspasado un límite.

 

 

Las otras pestes –desde la que narra Tucídides en la Atenas antigua, pasando por la que describe Daniel Defoe en la Londres del siglo XVII, hasta la que cuenta Albert Camus en la Orán de mediados del siglo XX– les daban tiempo a las noticias para su difusión. Estas, a pesar de los estragos provocados por la epidemia, llegaban al cabo de los meses a oídos de quienes todavía no estaban enfermos. La circulación de los hombres de una región a otra no era el vértigo incesante de los desplazamientos actuales. En el pasado, poblaciones enteras ni se enteraban de aquellas tragedias masivas. Los nativos de lo que después sería América jamás supieron de las penurias que generaron las pestes asiáticas y europeas en la Antigüedad y el Medioevo. Aunque habrían de vivirlas en carne propia, entre el espanto y la impotencia, durante la conquista española.

Por siglos el tiempo se percibió lentamente y no tenía a la mano un sistema de comunicaciones tan sofisticado como el que poseemos ahora. Por tal razón, el coronavirus, muy acorde con la hiperactividad define al hombre contemporáneo, ha arribado para no darnos respiro. Su aparato publicitario es tan portentoso como inquietante. Son aceleradas y espectaculares las maneras en que los medios muestran su propagación. Cada día amanecemos y anochecemos viendo cómo las cifras, en mapas virtuales, crecen escandalosamente. Nunca antes estuvimos tan pendientes del número de muertos diarios por el sida, la diabetes, los distintos cánceres, las neumonías y los infartos cardíacos. En este sentido, jamás tantas personas han opinado y predicho, analizado y anatemizado, juzgado e interpretado en torno a una enfermedad como la producida por el coronavirus. Pero basta compararla con la mortandad de otras epidemias, en particular con la peste negra y la gripa española, que han sido las más devastadoras, para concluir que hay una exageración anómala con lo que nos está pasando y que hemos sido manipulados tanto por las autoridades políticas como por las sanitarias y que las consecuencias de esta manipulación han sido terribles.

Al llevar tantos meses asediados por los efectos de la pandemia, podemos decir sin equivocarnos que hemos padecido otro flagelo llamado «infodemia» y sus efectos también han sido devastadores. Pero ¿cómo amilanar el efecto de las redes sociales? En ocasiones he pensado que una buena manera de capotear esta pandemia es mitigar la proliferación de los medios y más bien recogerse en el silencio para intentar comprender mejor este caos que ha caído sobre nuestras vidas. ¿Pero comportarse así no sería negar lo que, de otro modo, podría ayudarnos como colectividad? ¿No son los medios de comunicación y las redes sociales las que contribuyen a garantizar datos salubres esenciales sobre este fenómeno? ¿No son ellas las que, con sus contornos recreativos y culturales, evitan que caigamos de bruces en la total desesperanza? En todo caso, así el coronavirus tenga a su favor una difusión glamorosa, es evidente que el ser humano se ha dado cuenta, a través de su impacto, una vez más de su fragilidad. De pronto, se nos ha revelado que aquella grandeza humana a la que nos ha tenido acostumbrados la mentalidad capitalista desde los tiempos del Renacimiento, y que ha tomado visos de prepotencia insoportable con los nacionalismos extremos y el neoliberalismo, es poca cosa frente al poder de la naturaleza.

Ahora que esta nueva peste ha iniciado su travesía de infortunios, se podría afirmar que lo que estamos sintiendo es muy parecido a lo que sintieron quienes tuvieron que enfrentar el tifus, la influenza, la viruela, la sífilis y el cólera. En el dominio de los instintos básicos es poco lo que hemos cambiado. Seguimos siendo esa breve y débil criatura, hecha de sueño y materia, y tan bien considerada por Marco Aurelio en sus Meditaciones, a la que muchas enfermedades han sometido con facilidad. Y pese a que los avances de la salud y la ciencia, que tanto orgullo suscitan en los hombres de hogaño, el coronavirus en pocos meses ha desbaratado las seguridades que creíamos tener como especie, fragilizando los sistemas de salud creados por nuestras sociedades modernas.

 

 

Las muertes provocadas por las epidemias han tenido una particularidad. Vemos las cantidades, siempre impresionantes, pero no sabemos muy bien quiénes han sido esas víctimas. Salvo uno que otro muerto distinguido, sobre los demás cae el manto de un frío anonimato. Hoy estamos sobre informados con respecto al coronavirus y las acciones preventivas que se deben tomar, pero el rostro de la muerte colectiva nos sigue pareciendo inasible. Tal anonimato se ha acrecentado todavía más cuando hemos visto que, por las medidas sanitarias de los países más golpeados (Estados Unidos, Brasil, India, México, Reino Unido), a estos muertos sin nombre se les deja en las calles, o se les acumula en grandes contenedores, o se les entierra o se les crema de inmediato, y les es negada la dosis de duelo que merecería cualquier persona.

El paisaje de las muertes masivas, narradas por la literatura, es siempre desgarrador. A las calles y santuarios de Atenas, repletos de muertos, que relata Tucídides, siguen las hogueras levantadas en las playas del Mar Interno para quemar los cadáveres descritos por Lucrecio; continúan las carretas atestadas de cuerpos narradas por Manzoni, que salen del lazareto de Milán hacia el cementerio; después vienen las atiborradas fosas comunes de las parroquias de Londres, contadas por Defoe, y a las que los infectados más desesperados se arrojan para morir de una vez por todas y no contaminar a nadie más; hasta llegar a los ataúdes de hoy, puestos en fila en amplios recintos de Bérgamo, Madrid y París, o a las bolsas negras con los cadáveres de los hospitales de Nueva York a la espera de una inhumación solitaria. Pero ¿quiénes eran ellos? ¿Cuál fue su procedencia? ¿Cuáles sus profesiones y ocupaciones? A todos los cubre un anonimato desconsolador. Lo que sabemos, en cambio, es que durante las grandes pestes del pasado la parca no respetó jerarquía social alguna. Como lo canta François Villon en su poema «El testamento», pobres y ricos, sabios y locos, curas y laicos, nobles y villanos, feos y guapos, todos terminan siendo pasto de la muerte.

Aunque no sucumbamos ante esta candidez generalizadora. Pensemos, más bien, que las muertes que ocurren en semejantes coyunturas acaecen en una suerte de tinglado económico donde las personas de menos recursos, malnutridas y con servicios médicos deplorables, son las más aporreadas. Luego de un rápido escrutinio en las estadísticas, comprendemos que un gran porcentaje de las víctimas del coronavirus han sido ancianos desprotegidos por los sistemas de salud estatales de Europa, o afroamericanos e inmigrantes hispanos de bajos recursos en Estados Unidos, o los sectores populares de las grandes ciudades latinoamericanas. Lo cual nos permite concluir que el nuevo virus, como los demás, posee su guadaña de raza, género y clase. No es menester entonces de un gran sentido del vaticinio para considerar que con el coronavirus pasará, dentro del marco económico actual, lo que sucedió con las pestes del ayer: los ricos se volverán más ricos, los pobres serán todavía más pobres, el autoritarismo militar aumentará y la brecha de la desigualdad social se ampliará.

Los pobres del mundo morirán con mayor facilidad ante el coronavirus. Se elevarán, como siempre ha ocurrido, plegarias y discursos para salvaguardar su recordación. Y algunos evocaremos al cronista del Diario del año de la peste frente a los pobres. Porque lo que nos dice serviría para entender lo que los de ahora, en medio de la incertidumbre de cada día, hacen frente a las medidas tomadas por el coronavirus. En realidad, fueron los pobres, en la epidemia que azotó a Londres, los más temerarios, los más valientes y los más exacerbados. Y no sabemos muy bien si Defoe los enaltece o los compadece cuando dice: «Cumplían con sus obligaciones poseídos de una especie de brutal coraje; pues así es como tengo que llamarlo, ya que buscaban todo lo que pudiera darles trabajo, aunque fuese el más peligroso, como lo era cuidar de los enfermos, vigilar las casas cerradas por infección, trasladar a las personas apestadas al lazareto y, lo que era todavía peor, transportar a los muertos hasta sus sepulturas».

 

 

Este nuevo virus es dueño de una gran especificidad. Cuando termine su ciclo, o pierda su potencia letal, se le recordará con algo de perplejidad admirada. Jamás, en la historia de las epidemias, se había presentado una política de prevención de las proporciones que ha generado la covid-19. Unos se refieren a esta profilaxis como una de las mayores formas de la paranoia colectiva. Otros ven, tras bambalinas, la puesta en escena de un nuevo control de los Estados nación y sus aparatos coercitivos. Otros, acaso los más ilusos, aquellos descendientes de Leibniz que creen vivir en el mejor de los mundos posibles, consideran que estamos frente a un formidable respaldo humano capaz de enfrentar la crisis. Lo que es innegable es que este bicho ha logrado paralizar una buena parte del planeta y reducir al máximo su ritmo acelerado. Las guerras, con sus mecanismos crueles, no pudieron lograrlo; tampoco el cambio climático y su rastro de huracanes, sequías e incendios, ni mucho menos las manifestaciones del descontento popular contra este capitalismo bochornoso que nos gobierna. Nada de esto funcionó. Y esta maquinita ribonucleica, que ha demostrado con holgura, así como los demás virus y bacterias, lo que significa la humanización capitalista de la naturaleza que tanto criticó Marx consiguió en cuestión de unas pocas semanas lo que la voluntad política no pudo.

Muchos tienen razones suficientes para despotricar en su nombre. Los desposeídos que viven del rebusque cotidiano y para quienes todo aislamiento es infausto. Los familiares y seres próximos de los que sufren la exclusión que provoca toda peste. Los trabajadores de la salud que cuidan a los enfermos, bajo grandes riesgos, sin dar abasto y con una dosis de ecuanimidad sorprendente. Los forjadores de las economías porque sus ganancias se han resquebrajado y serán conducidos a la quiebra. Pero otros no dudan en agradecerle al coronavirus. Porque, debido a su presencia, la Tierra se ha podido limpiar, por unos días, de la contaminación ambiental. Porque animales y plantas han podido respirar mejor en sus dominios. Porque los gases de efecto invernadero se han mitigado. Que un microorganismo de estos haya detenido a los aviones, a los automóviles, a los barcos y a los trenes del mundo, y que haya parado en seco a las empresas del turismo y derrumbado como un castillo de naipes el consumismo demencial que nos ha movido en las últimas décadas, y que, además, haya permitido el cese de una buena parte de los conflictos bélicos internacionales, es como para sentarse frente a su figurilla volátil con emblema monárquico y darle nuestras más sentidas felicitaciones.

 

 

El prólogo que Boccaccio le hace a El Decamerón inicia así: «Hay que compadecer a los afligidos: es una ley de la humanidad». Tal precepto forma parte de la compasión cristiana medieval a la cual perteneció el escritor italiano. Aunque es perfectamente atribuible a otras épocas, a otras religiones, a otras nacionalidades. Y, en principio, es la divisa que ha movido al mundo frente al coronavirus. Una acción de apoyo por parte de las instituciones médicas, tanto estatales como privadas, hacia los que sufren y habrán de sufrir los efectos de la pandemia. En esta perspectiva, podríamos pensar, como concluye el narrador de La peste de Camus, que en medio de los flagelos hay siempre más cosas que admirar que despreciar. Empero, ¿cómo olvidar que se trata de una reacción tardía? El neoliberalismo, frente a la salud, ha sido avaro, por no decir inhumano. Y esto se ha visto en los países europeos, en Estados Unidos y en gran parte de América Latina, donde se ha dejado al garete a la mayor parte de los ciudadanos enfermos, haciéndonos entender que, para esas políticas financieras, la salud humana y todo lo que la rodea son meras mercancías. Por ello, si es que debe celebrarse esta reacción en cadena de los Estados y los empresarios ante una tragedia mal avisada, habría que hacerlo sin perder jamás el juicio.

Lo que quisiera señalar, en todo caso, es que la divisa de El Decamerón de Boccaccio se enlaza con lo que Camus propone en La peste. Ante el avance del mal de bubas, y como una forma de ejercer la compasión por los sufrientes, surgen en Orán unos comités sanitarios conformados por médicos y civiles. Frente al absurdo existencialista de una enfermedad que aísla a una ciudad del mundo y mata hasta a los más inocentes, Camus propone no la vigilancia y el control estatal, sino la acción solidaria de los ciudadanos. De hecho, en la novela se registra con cierta minucia lo que hacen quienes integran estos comités. Como si se nos dijera que, por encima de los Estados que toman medidas más o menos totalitarias para garantizar la salud de todos, lo que le interesa a un escritor como Camus es mostrar más bien la capacidad de resistencia y lucha de individuos capaces de construir lazos comunitarios en medio de la desolación provocada por la enfermedad y la agresividad de las medidas autoritarias.

En realidad, Camus fue un intelectual ateo y miraba con desconfianza eso que los cristianos llaman «compasión». Él prefería hablar de «solidaridad», que es un término más laico. Creía que la justicia humana era perfectible y, en este sentido, sus reflexiones sobre esta perversa y manipuladora abstracción humana, a pesar de sus valientes críticas a la pena de muerte, son bastante idealistas. Camus, asimismo, sospechaba de las inclinaciones tiránicas de los Estados fascistas que proliferaron durante su existencia. Por ello, si viera a qué niveles de vigilancia hemos llegado y hasta dónde los controles estatales, unidos a la empresa privada y a las evoluciones de la inteligencia artificial, podrían llegar bajo los efectos de las pandemias venideras, aquel gran defensor de la libertad humana tendría suficientes motivos para alarmarse.

Porque es alarmante que, bajo el argumento de la compasión o la solidaridad hacia los otros, y para que no ocasionemos contagio, se nos impongan este tipo de aislamiento. Se nos ha prohibido vernos con los amigos y los familiares. Se nos ha prescrito no darnos la mano, no abrazarnos, no besarnos. Incluso no han faltado los consejos del benemérito onanismo porque la cópula en estos momentos es como un exabrupto. Cuando intento mensurar las medidas que han frenado nuestra afectuosa espontaneidad, recuerdo la última parte de La muerte en Venecia, de Thomas Mann. Aschenbach, un prestigioso escritor que está de vacaciones en una Venecia diezmada por el cólera, decide quedarse en esa ciudad. Pasa por encima cualquier cuidado y consejo, y transgrede la norma. Sometido a un postrero deseo sexual, persigue, febril y soñador, la figura de un adolescente del cual está enamorado. Y es que esta contravención por el deseo ha sido una de las reacciones vitales más conmovedoras ante el completo desaliento que dejan las epidemias. No en vano, una de las escenas impactantes que nos ha llegado de los tiempos de la peste negra, es la de aquellos coitos que se realizaban en los cementerios de Europa. El camposanto de Aviñón, por ejemplo, se convirtió en zona de tolerancia. Y era usual observar a las mujeres ofreciéndose en las tumbas a los fornicadores ansiosos. Por ello mismo, ¿por qué asombrarnos de que haya fiestas para contrarrestar, desde el baile, los abrazos, el licor y otras sustancias estimulatorias, la amenaza de la enfermedad y la impotencia que provoca como corolario?

Ahora bien, frente a lo que fue nuestro enclaustramiento de casi seis meses en Colombia, los medios no pararon de alabar la munificencia del Estado y las empresas privadas, y lo ejemplar que nos estábamos comportando ante el coronavirus. Hasta dónde puede llegar la manipulación masiva es algo que nos ha enseñado con claridad este virus y la forma en que las autoridades políticas y médicas lo han enfrentado. Y es que a pesar de que el virus es real y no es invención de nadie, es legítimo sospechar que abusaron de nuestras libertades, que extremaron sus medidas represivas en medio de una inexperiencia notoria en cuestiones de salud pública. No nos desalojaron, además, de nuestros pensamientos el fantasma de que un nuevo orden social se está fraguando. Y que este habrá de fundarse en un control militar asfixiante de los ciudadanos. Y ahí está China, imperio que tal vez tome las riendas de la geopolítica mundial después de esta crisis, y termine imponiendo sus formas de vigilancia pública. Tal control, no es exagerado suponerlo, podría alcanzar dimensiones distópicas, como las que describen Aldous Huxley en Un mundo feliz o George Orwell en 1984. Recuérdese que en esta última novela hay un Gran Hermano que vigila a una sociedad. En ella los lazos familiares han desaparecido y la fraternidad es una engañifa turbia. Allí prima el sometimiento, y el amor que se da entre sus habitantes carece del placer subversivo. Tanto es el control que impera en la Londres de Orwell, que el futuro solo es concebible como una bota militar que aplasta el rostro humano.

La Peste. Extraits, Albert Camus. Nouveaux Classiques Larousse, 1965.

 

 

«¡Quédate en casa y así cuidarás a los demás!». Esta ha sido, entre otras, la consigna en tiempos de coronavirus. Una consigna fraguada con dos incómodos imperativos, pero dulcificada con el calor del hogar y una alteridad a la cual podríamos salvar. Esta circunstancia, la de estar aislados en nuestras casas y no poder atravesar fronteras (cuando lo más apasionante de toda vida es franquearlas una y otra vez), origina algo que Camus describe con agudeza. Se trata del padecimiento de un tipo de exilio interior, a puerta cerrada, que corre el riesgo de sumirnos en un vacío recordatorio. En La peste se explica que este exilio ocasiona una mortificación profunda: vivir con una memoria que no sirve para nada. ¿Qué significaría esto en nuestra condición actual? Por un lado, que evocamos continuamente un pasado con el gusto de la lamentación. Pero, por otro, que podríamos olvidarnos de los verdaderos males que nos agobian.

¿Seremos capaces de superar esta pandemia, inmunizarnos frente a ella, y volver sobre los graves problemas que tiene un país como Colombia? La gran desigualdad social que nos impide prosperar como comunidad; los derechos humanos violados sistemáticamente; las necesarias y entendibles manifestaciones de protesta social aplastadas con violencia por el militarismo institucional; las mujeres maltratadas por un orden social dominado por patriarcas brutos; niños desnutridos, ancianos olvidados, jóvenes dueños de un futuro de opresión y servilismo; los bosques y las selvas vejados por los emporios mineros; las ciudades contaminadas por la codicia desmesurada de sus empresarios; la eliminación sistemática de líderes sociales; los responsables de grandes crímenes todavía sin castigo; la corrupción, el paramilitarismo, el narcotráfico como pilares de una democracia enferma.

Es una verdad de a puño entonces que el panorama que se nos viene encima, terminadas las largas y apabullantes cuarentenas, es muchísimo más complejo que bandear el coronavirus, ya que nuestros problemas en Colombia integran eso que podríamos denominar una “endemia nacional”. Esa endemia que grita a grandes voces que el país urge de cambios profundos y no de reformas nimias para que podamos avanzar, en la ilusión del tiempo, de una forma más humana y civilizada. Porque, más que ese tipo de exilio que abate en el encierro, y que Camus desglosa magníficamente en La peste, a Colombia le ha de corresponder enfrentar obstáculos más arduos.

 

 

Pero volvamos a las cifras. Toda epidemia se sustenta en ellas. Si no tiene millones de muertos, la memoria humana la pasa de largo con algo de desdén. Quienes han descrito los efectos de las pestes en la literatura hablan, por lo general, de millones de víctimas. En La peste de Camus se hace un comentario a propósito de las cifras pasadas que nos sitúa muy bien frente al nuevo coronavirus. Las aproximadamente treinta pestes que ha habido en la historia de la humanidad han dejado cerca de cien millones de muertos. El número sobrecoge a quienes vivimos en medio de la seguridad brindada por la civilización moderna. Cien millones de personas cubiertas por ese silencioso anonimato que, finalmente, deja el transcurrir del tiempo terrestre. Y el narrador de Camus hace una anotación que matiza más el desconsuelo que rodea a esa cantidad de seres humanos: «Cien millones de muertos sembrados a lo largo de la historia no son más que un humo en la imaginación».

¿Y qué serían los miles de víctimas del coronavirus comparadas con esa humareda sin nombre que nos han dejado las pestes? Y me pregunto una vez más, ¿por qué esta nueva epidemia del siglo XXI, con tan pocos muertos si los comparamos con los que han ocasionado las grandes guerras de los siglos pasados, ha tenido el poder de amedrentarnos y ha lanzado a las naciones a exigir un confinamiento de estas proporciones? ¿Será que nos estamos volviendo sensibles a las aniquilaciones masivas y creemos que moriremos como hormigas indefensas si no nos cuidamos? Pero ¿qué hacemos con la gran desconfianza que nos rodea por todos lados? ¿No habrá detrás de esas medidas maniobras que le están dando paso a un nuevo orden mundial de ribetes fascistas? Como respuesta a estos interrogantes, nadie por supuesto ha guardado silencio, porque el silencio pareciera en estos días no pertenecerle a nadie. Al contrario, la batahola de voces, el ruido y la algarabía ha brotado desde todos los flancos.

Y entre el optimismo de unos y el pesimismo de otros, el abanico de opiniones ha sido sencillamente desquiciante. ¿Qué leer y cómo leer todo lo que se escribe sobre el coronavirus? ¿A quién creer y de quién dudar? ¿Les creemos a los médicos y a los científicos? ¿A los jerarcas religiosos y a los mandatarios civiles? ¿A los empresarios y a los intelectuales? En esta falta de liderazgo sensato e inteligente que nos ha caracterizado y en la que los gobernantes de los países más desarrollados han resultado ser caricaturas grotescas del poder político, ¿quién, en definitiva, dice la verdad? ¿El que toca la sombra o el que roza la luz?

Algunos suponen, intentemos un balance provisorio, que después de esta pandemia todo cambiará y no seremos los mismos. Aspecto que favorecería a la humanidad con una actitud renovadora frente a lo que se avecina. Otros piensan que lo que está pasando es una coyuntura única que nos llevará a sociedades más equitativas y menos destructivas con nuestro prójimo y con la naturaleza. Hay quienes creen que la Madre Tierra o el Creador Supremo nos están dando una segunda oportunidad para que rectifiquemos lo torcido que ha sido nuestro destino desde que el tiempo dorado de los antiguos finiquitó. Otros más están firmándole al capitalismo un merecidísimo certificado de defunción. Si cayó, consideran, la gran utopía del comunismo porque fue una ignominia disfrazada de justicia social e igualdad proletaria, ¿por qué no habrá de morir esta vergüenza consumista maquillada de democracia, progreso, avance tecnológico y libre comercio? Lo cual desembocaría, como si la historia de esta pandemia y de la humanidad debieran tener un final feliz, en el establecimiento de un nuevo ámbito donde el socialismo, el humanismo y la ecología fuesen sus grandes pilares. A pesar de que es la crisis misma quien diseña tales análisis, no es difícil concluir que los esculpe un cierto optimismo. Porque es válido suponer también que estamos ante el fortalecimiento de un nuevo capitalismo más agresivo que, ignorando las consecuencias del cambio climático y apoyado en la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías de vigilancia militar, terminará controlándonos.

 

 

En los momentos culminantes de las pestes, valga la pena recordarlo, se carece de algo fundamental para los seres humanos: de porvenir. La gente se siente, de pronto, abandonada por sus dioses y descree de cualquier filantropía. Es entonces cuando se presentan la degradación de nuestros hábitos. Tucídides cuenta cómo la peste de Atenas acarreó un gran desorden y cómo en los habitantes no actuaba ninguna ley divina ni humana. Desesperadas porque afuera de Atenas estaba la guerra acosándolos y adentro de la ciudad la peste los exterminaba, las personas se dedicaron a saquear el patrimonio de los muertos. Alessandro Manzoni, al final de Los novios, describe con detalle otras aberraciones. No solo habla de la irresponsabilidad de las autoridades políticas y religiosas que, al no creer que había peste, permitieron eventos masivos y no ordenaron los cierres respectivos de pueblos y ciudades, propiciando así la escalada del contagio; sino que también se refiere a los untadores, personajes que embadurnaban las iglesias, las casas y los edificios públicos de Milán y la región lombarda. Lo hacían con un veneno compuesto «de sapos, serpientes, babas y materia de apestados». Y Defoe explica cómo en la peste londinense los sepultureros, los cargadores de muertos y las enfermeras desvestían a los cadáveres para quedarse con sus atuendos y demás pertenencias, y así comerciar con ellos. Ya Camus revelaba que lo adverso de las pestes no es que acaban con los cuerpos, sino que desnudan las almas, dejando ver un espectáculo que no suele ser benigno.

En vez de buscar la protección y la calma, algo en la condición humana se enloquece con las epidemias. Durante la peste negra, los flagelantes, que creían que la enfermedad era un castigo divino y no podían saber que el desaseo y las pulgas la ocasionaban, iban de aldea en aldea mostrando su remordimiento y, al mismo tiempo, propagando la enfermedad. Defoe pormenoriza casos en los que las gentes infectadas salían a las calles y abrazaban a los sanos; o ingresaban a las casas por ventanas y patios traseros y se dedicaban, con miradas delirantes, a contagiar a los residentes. De allí que las autoridades se vieran obligadas a implantaran confinamientos plagados de vigilancias y castigos severos.

Michel Foucault, en Vigilar y castigar, explica cómo a finales del siglo XVIII se tomaron en Francia medidas para enfrentar las epidemias que comprendían el toque de queda y condenas a muerte a quien incumpliera las órdenes. Ahora, con el coronavirus en Colombia, nos han obligado, no con amenazas de muerte aunque sí con multas, a quedarnos en casa para evitar que los contagios aumenten. Las autoridades, durante meses, nos llenaron de miedo y nos encerraron. Provocaron un desbarajuste económico ingente. Agudizaron la pobreza. Se ampararon en las instituciones militares para que las órdenes se respetaran. Y mientras tanto, el temido pico del coronavirus no llegaba. Y cuando llegó, exhaustos ante la crisis provocada con tanta torpeza, lanzaron a la población a la calle con igual torpeza. Y cómo pasar por alto que, en medio de este larguísimo confinamiento, se dieron en cascada otras manifestaciones de la mezquindad humana. Empresas que, en vez de unirse con las instituciones estatales para así ayudar a los más afligidos, hicieron despidos masivos de sus trabajadores, o propusieron reducciones de los salarios. Bancos que aprovecharon cualquier transacción en sus cuentas para cobrar impuestos. Grandes terratenientes que se beneficiaron de las ayudas dadas por el gobierno y les quitaron el dinero a los pequeños y medianos propietarios. Especuladores que brotaron como una plaga más y vendieron a precios altos los productos que sus compinches hacían que escasearan. Y la criminalidad, en todas sus expresiones (el robo, el asesinato, la extorsión, las violaciones, las masacres), se disparó desproporcionadamente.

Pero así se hayan dado estos excesos, tratemos de no caer en consideraciones apocalípticas.

Basta mirar los infiernos del Bosco, de Brueghel el Viejo, de Goya, de Otto Dix. Basta leer los infiernos de la literatura, desde el que aparece en La Divina Comedia, de Dante, o en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, o en Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline, para entender que el infierno no está al otro lado de la muerte, sino que palpita holgadamente en la tierra y que son los hombres quienes lo han modelado.

 

El infierno, tercera parte del tríptico «El jardín de las delicias», pintura de Hieronymus Bosch -El Bosco-.

 

 

Pareciera, por último, que estos no son tiempos de rebelión. Hasta el inconformismo y la disidencia han sido controlados a través de estas catastróficas cuarentenas planetarias. Se nos ha prohibido juntarnos y reunirnos porque así, pregonaron los exponentes de la ciencia y el Estado, podríamos salvarnos. E intentaron convencernos de que los otros, es decir nosotros, son y somos el peligro. Como si no supiéramos que es a partir justamente de la solidaridad humana y las acciones comunitarias que las epidemias han sido superadas. He aquí, pues, una política que esconde una represión inclemente, así muchos la consideren necesaria. Pero cuando la represión, sea de la índole que sea, se desata en el mundo, el ansia de libertad se engendra se desarrolla y se expande, a su vez, como un siempre y renovado viento. Tal ansia de libertad acaso nos insufle los cuerpos y las almas y pueda acabar de una vez por todas con este sistema político, económico y militar que desde hace tiempos ha modelado con rudeza nuestros destinos. Porque, así como Defoe atribuye a las iniquidades humanas la culpa del flagelo que azotó a Londres en el siglo XVII, son las iniquidades del neoliberalismo y su expansión voraz las que han causado, en buena parte, estas desgracias nuevas. Pero habrá que tener paciencia para que el cambio se manifieste. Y entender que este tendrá un costo elevadísimo. Sabemos, no obstante, que son los aprietos más extremos los que han dirigido nuestro rumbo de creaturas perecederas. Que, como dice Hölderlin, es en el peligro donde crece lo que nos salva. Y aunque entendiendo que somos de lejos el virus más temible del planeta –basta sopesar el daño que le hemos ocasionado al prójimo, a los animales y a la naturaleza–, es probable que podamos hallar en nosotros un antídoto eficaz.

Mientras tanto me he enterado, desde esta loma de Envigado, de que el aire de Medellín y su zona metropolitana ha mejorado por la acción del confinamiento; y de que, según unos señores atildados de China, el café protege del coronavirus. Celebro ambas noticias en medio del panorama opaco que reina por doquier. Y, para demostrar este entusiasmo solitario, me preparo un tinto y me siento a degustarlo. A mi lado, están los libros leídos y releídos que tratan sobre las pestes. Apago el celular y el computador que me permiten, día tras día, recibir el vendaval de informaciones. Respiro durante largos minutos las delicias de la desconexión. Y mientras sorbo el café, pienso en las dos opciones que hay frente a toda epidemia. Ambas las he encontrado, por supuesto, en la literatura.

La primera la ofrece Edgar Allan Poe en La máscara de la muerte roja. No hay aislamiento que valga, y así seamos príncipes y elegidos, cultos y sibaritas, apuestos e inteligentes, como lo son los personajes de este cuento gótico, y nos aislemos de la peste, ella terminará por entrar en nuestros aposentos para devorarnos. La otra la plantea el caballero de la triste figura. Las palabras se las dice don Quijote a su escudero, y fueron escritas hace varios siglos, cuando el mundo también estaba patas arriba. Pero es como si Miguel de Cervantes las hubiese trazado después de ver algún noticiero sobre nuestras desventuras de hoy: «Sábete, Sancho, que… Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca». Que el lector de estas consideraciones escoja. Y que juntos imaginemos el cambio que se avecina.

 

Pablo Montoya
El Retiro, entre abril y octubre de 2020

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