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El guayacán amarillo

07/12/2017
Por: Pedro Agudelo Rendón, profesor de cátedra Facultad de Comunicaciones UdeA

"...Lloramos a las personas porque las recordamos, porque las metemos en el corazón por sus palabras o por sus acciones, porque lo que escriben nos hace soñar, y porque nos regalan un espacio para la imaginación en medio de la alegría o del dolor, en medio de la tristeza más honda o en medio de la soledad más profunda..."


Cierro los ojos para ver más hondo
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo: la memoria.

Ángel González

Eres la tierra y la muerte.
Tu estación es la oscuridad
y el silencio.


Cesare Pavese

Hoy no es 6 de marzo. No es 17 de abril ni estamos en Aracataca o en una casa antigua de México. No es que esta villa se parezca a ‘una aldea de casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas’. No estamos cerca del hielo ni en el borde de ningún huevo prehistórico. Estamos en la memoria, esa orilla de la muerte que nos recuerda nuestra vulnerabilidad, la frágil sombra del polvo que somos. A veces la muerte llega de improviso, como le llegó en forma de poema al escritor español José Ignacio Montoto a los 37 años. Llega, como si quien muere hubiera nacido para morir ese día. Y no es que la muerte se agazape y nos espere con su mirada rapera, sino que a veces tropezamos con ella, como le ocurrió Uber Ney que quiso desahogar sus penas en un accidente fatal. Fernando de Szyszlo hubiera pintado su sino forzoso y Ricardo Piglia hubiera ficcionalizado su último pulso vital, pero el artista no tocó el último escalón y el escritor no supo en qué realidad estaba.

No es que la muerte tenga domicilio. Nosotros vivimos en ella. Gabriel García Márquez lo supo, y por eso se dedicó a escribir antes de que llegara el 17 de abril de 2014. La enfermedad fue para él un tropiezo. Quería terminar de escribir lo que había empezado en los recuerdos; entonces redujo sus relaciones con los amigos, desconectó el teléfono, canceló los viajes y todos los compromisos, se puso al día en las lecturas atrasadas y se dedicó a escribir. Hizo lo que hubiera hecho uno de sus personajes diagnosticado de cáncer linfático. Comprendía muy bien lo que decía Jorge Luis Borges sobre la memoria: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Gabo se dedicó en sus últimos años a reunir los pedazos de ese espejo.

Aún recuerdo el día de su muerte. Recuerdo que muchas mariposas amarillas inundaron las calles de Medellín, como si él hubiera muerto en esta tierra; como si él, de la mano de Fermina Daza, recorriera las autopistas del ruido y la polución. Recuerdo que lloramos su muerte. Por entonces, no sabía por qué; y no entendía de qué manera la muerte se puede meter en la imaginación de una persona. Lo lloramos,  a pesar suyo, y lo hicimos porque lo que lloramos de quien muere son los recuerdos suyos que se han metido tan dentro que ya no los podemos arrancar. Lloramos la memoria espejeante que se quiebra como un cristal roto que queremos armar, esa tarea inútil de recordar quiénes somos, cuando siempre somos el mismo Ulises perdido en el mar.

Lloramos a las personas porque las recordamos, porque las metemos en el corazón por sus palabras o por sus acciones, porque lo que escriben nos hace soñar, y porque nos regalan un espacio para la imaginación en medio de la alegría o del dolor, en medio de la tristeza más honda o en medio de la soledad más profunda. Lloramos porque a veces no quedan palabras, o porque pensamos que existen seres que no tienen derecho a morirse porque nos enseñaron a soñar o porque crecimos escuchando su nombre o leyendo sus libros y queremos morirnos mientras ellos sigan vivos, mientras exista un recuerdo que ate nuestra vida con la vida de ellos. Pero lloramos también por la impotencia que sentimos ante la muerte que llega, ante los días que pasan, ante los años que danzan sobre nosotros como si fueran diez o cien comprimidos en un frasquito de loción fina. Pero si lloramos (con lágrimas o sin ellas) es porque recordamos aquel montón de espejos rotos, aquello que no podemos explicar.

Recordamos a García Márquez porque nos hizo creer que era posible que un pueblo entero supiera que iban a matar a Santiago Nasar; nos hizo creer que un hombre recibió cartas de una joven enamorada durante 17 años y nunca abrió una sola de las misivas; que un pueblo entero podía caer en la desgracia por un presentimiento que confirma sus acciones solamente cuando los personajes creen tan ciegamente en el presagio que lo hacen realidad; nos hizo creer que una mujer, la más bella de Macondo, podía ascender mientras doblaba una sábana; nos hizo creer que nuestra vida es una ficción, hasta el punto que él mismo tuvo que morirse un jueves santo, como uno de sus personajes más queridos: “Amaneció muerta el Jueves Santo. La última vez que le habían ayudado a sacar la cuenta de su edad, por los tiempos de la compañía bananera, la había calculado entre los ciento quince y los ciento veintidós años”.

Úrsula Iguarán, la prima y esposa de José Arcadio Buendía, murió un jueves santo. Murió porque tenía que morirse, pues quiso controlar los designios de su familia aun en medio de las tinieblas de su ceguera, y aun en medio de los afanes de la muerte. Siempre recordaremos a Úrsula, a José Arcadio Buendía amarrado en el árbol de castaño hablando una lengua incomprensible, al coronel Aureliano Buendía luchando unas guerras perdidas y haciendo pescaditos de oro, a Remedios la bella, mujer elemental y pura, ajena a la vida ordinaria e inmune a las amenazas del amor, y cuya belleza exaltaba tanto a los hombres, que a ellos no les quedaba más remedio que morir de forma inesperada.

Recordaremos a Mauricio Babilonia y el enjambre de mariposas amarillas que lo rodeaba, recordaremos a Meme el último día que lo esperó, “desnuda y temblando de amor entre los alacranes y las mariposas”. Recordaremos el amor eterno y virginal de Florentino Ariza, la espera insufrible de Fermina Daza, y ese amor condenado a la vejez y a los últimos días en la resurrección de la carne. No basta el amor, porque cien años de soledad no bastan para descubrir el hielo en medio del calor inmensurable de la selva, para reencontrarse con un amor eterno y hasta la muerte y más allá del cólera o de un esposo que no se quiere morir con tal de no dejar su esposa al acecho del enamorado eterno; no bastan cien años para recordar a Gabo y su flor amarilla en su traje de liqui liqui recibiendo el premio Nobel, y esas mariposas amarillas que lo perseguían como a Mauricio Babilonia y esa soledad que a veces nos pica el corazón, ese alacrán de la soledad que picó a Úrsula Iguarán cuando supo que todo lo que sabía sobre sus hijos no era lo que había pensado, y descubrió entonces lo que nadie había descubierto del coronel Aureliano Buendía; y no bastan cien años para leer la obra de Gabo y descubrir en ella que somos hijos de un pueblo que parece mágico porque todo lo que pasa aquí es real, aunque parezca un sueño.

Hoy no es 6 de marzo ni 17 de abril ni estamos en Aracataca ni en una casa antigua de México. Hoy estamos en la memoria, hoy estamos metidos en un huevo prehistórico de recuerdos. Parece que hoy es ayer, cuando la noticia de la muerte Gabo corría por el aire y yo apenas si intuía que me faltaba algo por leer: era la intuición de la muerte, porque ella también está en el cuerpo.

Luego supe –lo supe porque una amiga artista, que conoció muy bien a Ethel Gilmour, esa pintora que nos hizo ver el color amarillo de un árbol, me señaló una flor amarilla–. Supe que era el signo de la muerte y la libertad; supe que se trataba de un guayacán amarillo que había empezado a llorar cuando se enteró de la noticia.


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