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200 años de una batalla que aún huele

07/08/2019
Por: Oscar Roldán-Alzate, Director Museo Universitario UdeA

« ...Qué lástima, qué pena y tristeza conmemorar un bicentenario en guerra. Seguirán faltando más fechas, como más narradores, poetas y artistas de toda índole que vuelvan al pasado con su imaginación y nos permitan entrever en la luz de las candilejas que han servido para escribir la historia... »

No fue en un día que se logró la independencia de Colombia, ni tampoco en siete que se creó el universo; el 12 de octubre de 1492 no se descubrió América, y tampoco el 20 de julio de cinco décadas atrás la humanidad conoció la Luna, o tal vez sí, todo depende de quién lo cuente y de cuánto nos convenza su argumento.

Aun así, las narraciones logran lo que los hechos no alcanzan. Un relato tiene el poder de hacer existir, como lo hace la poesía, lo ilusorio, la leve imaginación de un sueño, darle vida a la fábula y, por qué no, desaparecer la verdad. Cosas terribles también se logran con un cuento.

Desde hace un buen tiempo oímos hablar del bicentenario de la independencia de las tierras americanas del yugo ibérico gracias a gestas libertadoras de hombres que se batieron a muerte con el “usurpador”. Desde antes del 2010 se enlistaron las baterías para recordar hechos concatenados que le dieron libre albedrío al poder en América.

Lo cierto es que esto no ocurrió de un tajo el 20 de julio de 1810, ni el 7 de agosto o el 17 de septiembre de 1819; esto comenzó mucho antes, y aun sigue desplegándose en el tiempo, con un espectro que continua siendo tan incierto como el devenir de un cuerpo en equilibrio.

Parece anacrónico o absurdo afirmar esto, pero ¿será que ahora somos independientes de verdad? ¿Alguna vez lo hemos sido? Y si así fuera, ¿somos independientes de qué? Este mes, en particular, volvemos sobre la sombra que se extiende desde la mítica Batalla de Boyacá. Son exactamente 200 años los que nos separan de la última gran gesta libertaria cuando, el 7 de agosto de 1819, las tropas republicanas, de 2.850 combatientes, bajo la comandancia de Simón Bolívar, derrotaron a las tropas realistas.

Una infantería de 2.300 almas, 350 binomios y una artillería de 20 sujetos, bajo el mando del brigadier José María Barreiro, se dieron por vencidos frente a la sorpresa que había preparado el caraqueño, quien sorteó el páramo de Pisba para enfrentar al europeo, con más ganas que fuerza.

La Nación, ese espejismo abstracto que se supone componemos y que eventualmente logramos ver, pero en un instante ya no está más, se debe a la capacidad de nuestros poetas de narrar las historias ocurridas, pero también inventadas. La Nación no es otra cosa que un cuento, una narración que se respeta, pero que es susceptible de corregir, cambiar o, incluso, eliminar. Bolívar, además de un militar obstinado fue un gran poeta: su ímpetu logró unir pueblos a la vez que generaba la indeseable distancia del poder, esa que tan bellamente Gabo hace ver en Cien años de soledad cuando describe el aislamiento del coronel Aureliano Buendía.

Pero una cosa es la ficción literaria y otra la que pretende rememorar la gesta. El Libertador fue un gran ilustrado, y en esta senda fueron apareciendo leyendas casi mágicas de sus congéneres como el que “en átomos volando” contribuyó a la causa, Antonio Ricaurte, o aquello de que en Bárbula cayó en batalla “envuelto en la bandera patria” Atanasio Girardot.

Relatos pintados, rezados o escritos son el amasijo que nos vuelve algo. Todos ellos solo necesitan del tiempo para existir en la memoria de las generaciones, de los subsiguientes. Tal vez estas gestas se pinten en las paredes o en los lienzos para inspirar el accionar de los herederos; no obstante, no es claro que los hijos quieran pelear la guerra de sus padres como lo apunta sabiamente Zygmunt Bauman en su libro Comunidad.

Bolívar y Santander, llamados los padres de la patria, parecen a la distancia hermanos bíblicos, Caín y Abel, aunque no necesariamente en ese orden. Lastimosamente, parece que no hubo amor ni matrimonio, tampoco presencia del poder componedor de lo femenino que los hiciera trabajar juntos luego de alcanzar los logros que pretenden las armas y las vidas de los que cayeron en el campo de batalla.

Idos los españoles, quedaron los locales, la rancia cepa del imperio católico. Y desde allí una batalla que ha sido repetida una y otra vez en los campos de esta esquina de América, por 200 años. Qué lástima, qué pena y tristeza conmemorar un bicentenario en guerra. Seguirán faltando más fechas, como más narradores, poetas y artistas de toda índole que vuelvan al pasado con su imaginación y nos permitan entrever en la luz de las candilejas que han servido para escribir la historia.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos.  Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

 

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