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Una «pequeña revolución» contra el hambre en Manaure

Televisión
24/09/2020
Por: Natalia Piedrahita Tamayo- Periodista

La desnutrición es una de las problemáticas que más preocupan a los habitantes del resguardo indígena Manaure, en La Guajira. Para combatirla, una investigación universitaria viene rescatando prácticas culinarias ancestrales y promueve la instalación de huertas comunitarias para el autosostenimiento alimentario.


Bebida de arroz, morcilla de chivo, croquetas de lentejas y sardina, entre otras recetas, hacen parte del trabajo desarrollado con las comunidad de Manaure. Fotos: cortesía Marcela López Ríos.

En una zona desértica, no muy lejos del emporio de las salineras, a 35 °C y en medio del paisaje exótico de la Media Guajira, está ubicado el resguardo Manaure, habitado por cerca de 160 personas del clan Arpushana, dividido en tres comunidades.

En esta región en la que reina la ausencia del Estado, se ven vulnerados los derechos fundamentales de niños y adultos. «La salud materno infantil estaba abandonada, no tenían acceso al agua y las prácticas alimentarias son precarias. Todo esto se ataba a las bajas tazas de empleo y la escasez de recursos sanitarios». Ese panorama, que encontró cuando llegó por primera vez a la región, está en la memoria de Marcela López Ríos, egresada e investigadora de la Facultad Nacional de Salud Pública de la Universidad de Antioquia —FNSP—.

Desde el 2015, impulsada por la desolación implantada por el modelo extractivista, López se propuso aportar a una transformación positiva de esa realidad. Su primer acercamiento al tema de la salud de los wayuu se dio cuando cursaba el pregrado en administración en servicios de salud y era integrante del Grupo de Interés en Salud Indígena —Gisi—. Allí coincidió con Carmen Frías Epinayú —también estudiante—, quien le contó sobre la desnutrición infantil de su comunidad.

Una conversación con el taita, en la maloka, acerca de su visión de diferentes temas cotidianos, fue el primer contacto directo de López con los wayuu. Desde entonces quiso trascender la idea de que el conocimiento se genera únicamente para papers académicos. Su investigación para la maestría en Salud pública, unida a las voces de la comunidad, le ofreció las herramientas que le plantearon una carta de navegación ante la problemática que presenciaba: «Para poder transformar una realidad primero hay que visibilizarla desde los actores que la padecen día a día, en ello consistió la primera parte de mi trabajo», explicó.

Allí se vive «la enfermedad del hambre», y es una cuestión de niños y de adultos. También se ha dado una constante victimización por parte de algunos medios de comunicación, que afirman que estas poblaciones dejan morir a sus niños. «Pero para los habitantes es indistinto que se les hable de obesidad, malnutrición, desnutrición, desordenes nutricionales. En sus comunidades se llama hambre, y está atravesada por asuntos geográficos, políticos y sociales», explicó López Ríos.


La Guajira es uno de los tres departamentos con mayores índices de inseguridad alimentaria en el país. En 2019 se reportaron 1610 casos de desnutrición grave y 64 muertes relacionadas con ella. En la actualidad, de los 16 hospitales de La Guajira, solo 3 están habilitados para manejar casos complejos de desnutrición aguda.

*Datos del Gobierno colombiano y Human Rights Watch Colombia.

Sabía que para generar cambios necesitaría mucho más que una investigación, pero decidió emprender una pequeña revolución, caminando de la mano de esta comunidad y con un equipo de profesionales de la FNSP, en medio del mar de preguntas que le planteaba la urgencia de mejorar su alimentación.

Para Carmen Frías Epinayú, «la enfermedad de hambre se da en gran medida por la falta de cultivos y porque no hay manera de labrar sin acceso a agua apta para consumo humano». Cuando este proyecto comenzó a desarrollarse, la única fuente hídrica cercana a esta comunidad era un pozo de veinticinco metros de profundidad.

Recetario ancestral y huerta comunitaria

Con un diagnóstico que se aplicó casa por casa, el equipo de trabajo indagó sobre las prácticas de cultivo y pastoreo de las familias wayuu, y de ello surgió una herramienta fundamental: un recetario con lo mejor de sus tradiciones alimentarias, basado, desde luego, en sus posibilidades económicas y productivas.

Para esta comunidad, en su día a día, es fundamental reforzar su relación con la Madre Tierra —la Pacha Mama— y muchas de sus preparaciones están atravesadas por el maíz: la yajaushi, la chicha y el yajá son algunos de sus productos más consumidos en las rancherías. Otros componentes usuales en sus preparaciones son el cactus, el chivo y el fríjol guajiro. A partir de estos productos se planteó el recetario en lengua wayuunaiki, basado en el rescate de prácticas ancestrales e inspirado en el concepto de interculturalidad, para reconocer las prácticas que esta comunidad ha perdido y que, implementadas nuevamente, pueden mejorar aspectos de su nutrición.

Para López Ríos y su equipo, más importante que desarrollar el proyecto —que culminó en febrero pero mantendrá presencia en la región— era dejar instalada una propuesta de autosostenimiento, por ello se dieron al rescate de preparaciones como la bebida de arroz, la morcilla de chivo, las croquetas de lentejas y sardina, entre otras.

Además, la instalación de la huerta que hoy alcanza seis hectáreas materializa el alcance social que puede tener este tipo de proyectos, en los que el conocimiento no se agota en una publicación científica, sino que también abona el camino para que se afiance la transformación social y se impulse la soberanía alimentaria.

Un gran reto queda en el tintero: el acceso a agua potable, fundamento de la salud y las buenas prácticas alimentarias. Aunque tras el desarrollo del proyecto la Alcaldía de Manaure instaló un microacueducto que subsana esta problemática, actualmente persisten rezagos. La academia puede ser el eje que genere cambios en las comunidades, pero hace falta que el sector político abone sus esfuerzos para propiciar una sostenibilidad en los territorios remotos.

Premio a la Investigación Social

Este proyecto, denominado Perspectivas y estrategias comunitarias relacionadas con la desnutrición infantil en tres comunidades del resguardo indígena Manaure, La Guajira: Un análisis desde la determinación social de la salud, fue el ganador del Premio a la Investigación Social Jorge Bernal, otorgado por Confiar Cooperativa Financiera. Con los fondos destinados por este certamen y con el apoyo de la Facultad Nacional de Salud Pública, López Ríos impulsó la instalación de huertas comunitarias en esta zona, como estrategia de intercambio entre familias y para mitigar el hambre.

Pero el hambre también es resultado de la desconexión territorial, ya que es una comunidad remota, ubicada a 42 kilómetros del corregimiento de Aremasain. Para llegar a ella hay que transitar una trocha, lo cual dificulta las posibilidades de comercio: «A falta de lluvias, uno de nuestros sustentos para cultivar y pastorear es la venta de artesanías, pero esta actividad muchas veces no se da por falta de plazas», puntualizó Frías Epinayú.

Y hay más: el problema de seguridad alimentaria hace parte de una cadena en la que la desnutrición infantil es cíclica. López Ríos aseguró que tras el niño desnutrido hay una madre desnutrida, cuya leche materna suele ser aguada, ya que no se alimentó adecuadamente en el proceso de gestación y tampoco tuvo controles prenatales adecuados.

Cebollas rellenas apanadas
Süpüla jaraii wayuu

Ingredientes:
Cebolla / Cebolla
Huevo / Kalinsho
Harina / Jarina
Corazón de chivo / Sain kaula
Fríjol capizuna / Pitchusa’a
Sal / Ichii
Aceite / Ceite

Preparación:
Cocine los fríjoles con un poco de sal y el corazón picado en trozos pequeños. Aparte separe las cortezas más grandes de las cebollas y reserve; la parte interna de la cebolla píquela finamente (corte muy pequeño). Mezcle hasta que los ingredientes estén homogéneos, adicione la mezcla dentro de la cebolla, pásela por un huevo batido, harina y llévelo a fritura hasta que esté cocido en totalidad.

 

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