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viernes, 18 de octubre 2019
18/10/2019
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Calidad

Dice la cualidad de cada individuo, sus talentos y sus búsquedas. La calidad no se compite, se comparte. Su ejercicio supone solidaridad y trabajo en equipo. La calidad es el horizonte de la vida académica, la inspira, la conduce y la guía. Conviene concertarla, trazar sus objetivos y hacer su seguimiento. Como tal, tiene que ser consubstancial a la cotidianidad, convertirse en un clima natural y regir la autorregulación de la comunidad académica.

Estudio:

La razón de ser de la Universidad es el estudio. Ella es juiciosa, ponderada, reflexiva. Los tiempos de la Universidad son los que el estudio marca, acompasa y distribuye. Su dimensión es el silencio reflexivo y su nervadura, las palabras en que ese silencio se asienta. La Universidad se concentra en estudiar, invierte todo su tiempo, regula y distribuye sus espacios.

Prácticas:

¿A qué se dedica la Universidad? ¿Cuál es la misión que la encamina? Las prácticas que recogen a la Universidad y la concentran son la formación, la investigación y la interacción con las comunidades sociales. Con el tiempo la Universidad ha coordinado estas tres prácticas, las ha conducido a niveles de refinamiento. Estas prácticas coordinan los actores y las acciones con un espíritu de proyecto y suponen el despliegue de saberes, objetos del conocimiento y sujetos enterados. Al mismo tiempo integran determinados medios, discursos, métodos e instrumentales científicos. Las tres prácticas mencionadas intercambian metas y recursos. Su articulación constituye el concierto de la Universidad.

Actores:

Profesores, estudiantes y empleados son los sujetos activos de la vida en la Universidad. En la relación estudiante profesor la Universidad se reinventa, escapa al sopor o a la conformidad, renuncia a instalarse en lo ya sabido o en lo que es familiar. Cada par de individuos renueva y llena de contenido esa relación.

El vínculo profesor estudiante debe ser cuidado y enriquecido. Exige compromiso, responsabilidad y generosidad. En cada una de esas moléculas se anuda el tejido de la calidad. El profesor universitario es un maestro. Hace girar su acción motivado por su vocación. Esa actitud le permite ofrecer a cada estudiante acompañamiento, amistad académica, en una palabra, formación integral.

Por su parte, el estudiante se caracteriza por su disposición incondicional al estudio, su avidez y su curiosidad. Se entrega al conocimiento, quiere saberlo todo, pregunta, indaga, se inquieta. El estudiante es la sal de la universidad, da vida, despierta su conciencia y renueva las preguntas sin claudicar. Su actitud es disciplinada y constante, su energía inagotable y jovial. La calidad es su lema, se exige a sí mismo y le exige a su compañero de aventura, el profesor.

Los actores encargados de los procesos administrativos acogen y dinamizan las prácticas académicas en función de su fluidez, transparencia, claridad de propósitos. El principio que rige su actividad no es otro que el compromiso incondicional con los valores universitarios, poniendo a su servicio su empeño, formación y eficiencia.

Austeridad:

En la Universidad todo es riqueza potencial, transforma con saber lo que toca. Y al mismo tiempo, ella cuida y custodia. La Universidad deja pensar la riqueza de un modo más profundo que el de las leyes del mercado y el del imperio indiscriminado del dinero. El bienestar común es su ideal y su meta. Pone a servir la riqueza a objetivos más altos y modera el apetito de la competencia.

La Universidad sabe que el tiempo es inmenso y el espacio abierto. Por saberlo los cuida, regula su uso y cuida su inversión. Eso mismo hace con todos sus bienes, los asume como patrimonio, bienes colectivos, riqueza compartida. A la Universidad no le atrae lo suntuario, el conocimiento es un recurso que se guarda, nada inclina la Universidad al despilfarro. Ella piensa en lo que custodia del pasado y lo que está destinado a llevar al futuro.

La austeridad es generosa, previsiva, integra los recursos a los ideales. La Universidad no se queja de carencia de recursos sin antes conquistar un uso pleno y responsable de los ya existentes.

Territorios:

La naturaleza se convierte en territorio cuando es habitada por un grupo humano que la transforma, la utiliza y le da un significado. El territorio no es una mera porción geográfica, es más bien una forma de vida y un estilo de convivencia. La idea de territorio apela a la metáfora de la red de relaciones y actividades a partir de las cuales el tejido universitario se extiende.

La Universidad es acogida en los territorios y es a partir de esa hospitalidad que plantea sus propuestas y desarrolla redes de saber y de cultura. La institución se arraiga en tradiciones locales y en saberes que se renuevan por su propia vocación de búsqueda.

La Universidad es pertinente porque lee en las preguntas ciudadanas su norte y convierte las corrientes universales en preguntas respaldadas en las vivencias históricas. Es a ese mundo en permanente construcción al que accede la Universidad, aprende a entenderlo, enriquece todo ello con su acción y reflexión sin violentarlo ni imponerle nada.

Esta idea de territorios intenta romper una visión centro-periferia según la cual la sede central se traslada mecánicamente a las regiones. La Universidad en Medellín tendrá que pensarse como un territorio entre otros y aprender a partir de allí a construir lazos de colaboración, alianzas y aprendizajes que le permitan a ella aportar, relacionarse, inventar.

Integridad:

La confianza cautelosa en el conocimiento es la profesión de fe de la Universidad. La Universidad es íntegra, no una mera suma aleatoria de partes. El elemento aglutinador se cifra en los valores. La Universidad es íntegra porque es bondadosa. Apela a la bondad como una manera esencial de aspirar a lo más alto.

En la Universidad se puede confiar. La Universidad no engaña, no miente, no traiciona, es leal con los ciudadanos. No emplea argucias, no distorsiona. Construye su accionar sobre una conciencia aguda de la transparencia. La Universidad es confiable porque cumple sus promesas. Eso la hace tan digna de aprecio. No tasa su confianza, la ofrece completa y desde allí se dona generosa y leal.

Solidaridad:

La Universidad es de todos. Todos y cada uno tenemos en ella un lugar. Ese sentido del lugar renueva su necesidad. La Universidad es el lugar para encontrarse y en ella conversar de lo esencial, de lo urgente, de lo que realmente importa. Esa disposición hace que en la universidad el tiempo fluya sosegado. Nada de atropellos o de urgencias excluyentes.

La Universidad no impone la competencia, en ella no hay contendores, su tónica es la fraternidad. Por eso tiene para ella tanto sentido el encuentro y el diálogo. Una actitud de apertura y de escucha permite acompasar la labor de los universitarios con las demandas sociales.

Pluralismo:

Multilingüismo, multiculturalismo, diversidad son rasgos de la Universidad. En ella conviven todas las creencias, posturas políticas, formas culturales. La universidad es abierta por convicción, pluralista por sensibilidad, dispuesta a la diversidad por compromiso. Habla varias lenguas, respeta diversas tradiciones, cultiva visiones de mundo dispares y contradictorias.

Eso hace de la Universidad un mundo en continua construcción, la formación cultiva el respeto por lo múltiple, en la Universidad cabe todo y recoge a todos. Por ello se dedica a escribir y hablar en varios idiomas, publica en medios múltiples, dialoga con culturas y saberes en toda la tierra.

El horizonte de la Universidad es un mundo abierto. Busca en todas partes sus pares. Escucha, se relaciona, interactúa sin fronteras. La Universidad es universal, por eso no es tanto sistémica como conectiva, se integra y anuda a redes siempre abiertas.

Gobierno:

La Universidad se gobierna de acuerdo al principio de la excelencia académica y la efectividad en la gestión de la organización. Sus dignatarios son ellos mismos académicos. Aquellos que se destacan en sus campos de conocimiento gobiernan la Universidad, le imprimen el sello de su visión y su ética.

La Universidad exalta la política en su acepción más amplia. No la gobierna el interés sino el mérito. No se trata de una carrera por el mando, el principio regulador es el del servicio a la academia, por parte de académicos que asumen la responsabilidad de gobernar la Universidad por cortos periodos de tiempo.

En la Universidad conviven visiones contrapuestas del mundo, el conflicto le es propio y las discrepancias se tramitan con el diálogo argumentado y con sujeción a las normas. La acción de los universitarios es política cuando ponen al servicio del interés común los resultados de sus investigaciones, cuando se comprometen con la protección de lo público, cuando participan activamente en la toma de decisiones que los afectan y cuando ellos se organizan frente a amenazas externas o internas. Todo en la Universidad responde a la obligación de ser solidarios, transparentes, serviciales, atentos.

Equidad:

¿Qué hace que en la Universidad amemos tanto la equidad? No nos interesa un mundo con privilegios. Nada nos es dado que no se derive del mérito. Cada uno expone sus talentos, se ofrece a las exigencias del conocimiento. Lo que logra se debe a su esfuerzo. Lo que conquista le cuesta disciplina y desvelo.

Cada uno sabe que lo que le pertenece por mérito es también de los otros, que no es un objeto privado suyo, que cada quien, a su modo, puede alcanzar algo semejante. Una de las bellezas de la Universidad está allí, ella es igualitaria, no protege beneficios particulares ni patrocina prebendas. En la universidad se puede confiar, garantiza igualdad de condiciones.

Normas:

Las normas deben ser el resultado de procesos de concertación y comprensión. Debemos llegar a ellas luego de haberlas deliberado. Nuestras acciones deben circular por ellas como la sangre por las arterias. La analogía es conveniente para una institución que se renueva constantemente sobre la base del valor precioso de lo que conserva.

Innovación:

La Universidad no padece el prurito por lo nuevo. Ella sabe que en el conocimiento los descubrimientos son escasos, los nuevos paradigmas se producen eventualmente. Entre tanto, tiene que saber esperar, volver a preguntar, comprender su terreno. Pues solo de esa comprensión y asimilación salta la chispa del nuevo conocimiento.

La innovación se arraiga en una incorporación cabal de las tradiciones. Por eso la Universidad desecha el esnobismo, no se deja arrastrar por los vuelos de campana de las novedades. Para innovar, primero hay que inventar; y para ello hay que buscar, experimentar, indagar. Eso hace que la Universidad sea paciente, mire hacia atrás, respire en el acervo científico, humanístico y artístico que han legado las generaciones anteriores. Por eso la Universidad es innovadora a fuerza de fidelidad con lo conocido, espera franquear por conocimiento exhaustivo sus propias fronteras.

La innovación implica que los actores de la sociedad se apropien de las invenciones y del nuevo conocimiento, para que estos trasciendan y se transformen en soluciones a problemas sociales.

Formación:

Dar forma, imprimir una forma, conjugar una cierta sustancia vital con una forma determinada, son sentidos que se avienen con el propósito de la educación.

La educación superior conforma las inteligencias de los individuos con una inteligencia general, de orden social. Esa forma amplia le sirve de horizonte al proceso de búsqueda de formas espirituales, de estilos intelectuales, de potencias cognitivas. La educación es el arte de la formación.

En la educación superior se forma en saberes, en historias y tradiciones. El fin de la formación no es otro que el cuidado de la humanidad. Es ella la que informa, da forma, conserva en su forma lo mejor de lo humano. Ese dar forma no tiene nada que ver con un imponer. Es un donar en el sentido cabal de la palabra. Un entregar, ofrecer, prometer.

La educación superior informa la inteligencia para los valores que sostienen lo humano. Eso se hace urgente en tiempos en que se arriesga la supervivencia de lo humano en su integridad. Es allí donde la educación conforma una custodia constante del peligro de perecimiento.

La educación reforma sus derroteros con el fin de adecuar sus fines propios con el compromiso de proteger lo humano - forma por excelencia de la vida - de la indignidad y la muerte.

Público:

La Universidad es pública, resulta del aporte de los ciudadanos, se rige por valores seculares, busca el bien común. Selecciona sus aspirantes con base en principios de calidad, igualdad y equidad.  

La Universidad es de todos pero por la misma razón no es de nadie en particular. A la Universidad hay que cuidarla, sus espacios deben ser respetados, en ella no cabe ningún tipo de violencia. Lo público es un tesoro que cada uno de nosotros defiende con sus palabras y con sus acciones.

Eficiencia:

En la educación se hace prioritario conjugar los tiempos y los espacios. Ellos son recursos que se cuidan como un tesoro. Hay tiempo para el estudio, el debate, la experimentación. Hay espacios para que la actividad cognitiva recree sus potencias, para que la sociabilidad se despliegue, para que el cuerpo se ejercite y para que la creación artística colme los espíritus.

La educación tiene que marchar acompasada por sus tiempos particulares, responde a ellos con entera precisión y armonía. Así mismo los espacios no pueden ser invadidos, ni desvirtuados o saqueados. El espacio es amplio si se lo reserva, el tiempo es grande si se lo coordina con las expectativas de las preguntas y las respuestas. La eficiencia de la universidad no se mide de manera externa. El tiempo espacio de la Universidad es intensivo, profundo, insondable.

La Universidad es lo infinito, lo amplio, lo duradero. En ello estriba el valor que los ciudadanos le conceden. En un mundo marcado por el afán y la sensación de estrechez.

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